¿Qué sucede cuando rechazamos a nuestros padres y aquello que nos han dado?

 

Las personas que rechazan lo que sus padres les han legado se sienten más vacías y andan esperando que otros, o alguna cosa, los llene: a veces, la pareja, otras, los hijos o el trabajo o la riqueza o la justicia o la religión, o lo que fuere; y se resisten a dar lo que tienen para dar a la vida.

 

Muchas son las zanahorias que perseguimos de manera vana a lo largo de la vida, cuando la solución es apearse del burro (o literalmente dejar de ser burros) y cambiar nuestro punto de vista, dejando así de sufrir y hacer sufrir inútilmente.

 Si rechazamos nos debilitamos y, como digo, solemos buscar en los demás lo que nos falta. En cierto modo permanecemos como niños tiránicos que decimos a la vida y a nuestros padres cómo deberían ser, en lugar de aprender de lo que es, de tomarlos como son o fueron.

 La realidad está, por supuesto, para ser modificada y mejorada, y así lo hacemos todos los días: tratamos de cambiar lo que se puede cambiar. Pero de lo que ya fue es mejor hacernos discípulos y tratar de aprender algo que nos sirva ahora.

 Cuando no aceptamos la realidad de lo que nos ha tocado, en cierto modo también nos negamos a nosotros mismos. Quien niega sus orígenes desdibuja su identidad. Quien amputa una parte de su trayectoria se encuentra eternamente en fuga, intranquilo.

 Sartre decía: “No importa tanto lo que me han hecho, sino lo que yo hago con lo que me han hecho”.

Al final, es mejor y más útil que la responsabilidad esté en nuestro tejado y trabajar con nuestra historia para convertirla en aliada, abriéndole nuestro corazón a pesar de las heridas o justamente abriéndonos a ellas. Únicamente logramos trascender lo que aceptamos.

 Pero a veces el rechazo parece que nos da una fuerza especial, ¿verdad?

 Sí, es cierto. Y podemos cometer el error de pensar que esa fuerza es la verdadera fuerza de la vida, pues es de tal magnitud aparente que es fácil creer que nos bastará con ella para avanzar hacia una vida plena.

 En realidad, aunque se trata de una fuerza impetuosa, apasionada e intensa, puede tomar muchos rostros y se nutre de su propio combustible emocional: victimismo, queja, sollozo, resentimiento, sed de justicia, rencor, venganza, hedonismo, perfeccionismo, vanidad, orgullo, etcétera.

 Es una fuerza enorme que “configura el paisaje del sufrimiento humano”, como se dice en el cuento. Representa una inmensa galería de personajes y posturas existenciales sobre las que las personas tratamos de sostenemos cuando carecemos del coraje y de la humildad suficiente para asumir nuestras heridas, nuestras bendiciones, para apoyarnos en la realidad, en la realidad tal como es, en nuestros padres tal como son.

 Esta fuerza es intensa, ciega e impetuosa porque es falsa. Y es falsa porque no procede de la realidad, sino de la oposición y de la negación de ésta. Es una fuerza que nos hace creer que se nos deben compensar nuestras carencias y que, por nuestro sufrimiento, somos merecedores de ciertos derechos.

 Pero hay algo que debemos aprender: ningún sufrimiento concede derechos, ninguna postura existencial edificada sobre heridas concede merecimientos.

Como se afirma en el relato, “el único sentido de este sufrimiento, que no es dolor, es hacer sufrir a los demás, ya que únicamente el dolor genuino despierta la compasión”.

 

Extraído del libro “Dónde están las monedas” de Joan Garriga

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