¿Cómo podemos saber qué hemos tomado y qué hemos rechazado de nuestros padres?

 

Se puede reconocer lo que no hemos tomado de nuestros padres a través de unos pocos (seis, ocho o como mucho doce) recuerdos a modo de imágenes dolorosas de nuestra infancia que una y otra vez asaltan nuestros pensamientos, tensándonos y haciéndonos sentir de nuevo indefensos o rabiosos o apenados o abandonados, o lo que fuera, produciendo un mal trago para el cuerpo.

 Muchas personas conservan imágenes muy vívidas de sucesos difíciles y, en cambio, olvidan centenares de momentos en los que fueron considerados, cuidados, alimentados, queridos, tomados en brazos, etcétera. Y sin cuidados no hay vida, no se logra sobrevivir.

 En general, creo que está en horas bajas la cultura psicológica popular de que los padres causan, por su negatividad, el mal en los hijos. Aunque, de hecho, nada los exculpe cuando tienen comportamientos destructivos, si miramos la vida cotidiana de los padres vemos la cantidad de dedicación y ocupaciones que requiere criar a un hijo.

Por lo demás, lo más común es que los padres deseen espontáneamente que los hijos estén felices.

 La cuestión es cómo tomar las monedas difíciles porque incluyen lo doloroso. Boris Cyrulnik, creador del concepto de la resiliencia, tan de actualidad últimamente, muestra el poder que tienen algunas personas para recuperarse de graves heridas y traumas emocionales. Aunque somos mamíferos sensibles que sufrimos ante la falta de amor y de respeto, o por los hechos y los reveses terribles de la vida (muertes, pérdidas, desdichas…), también estamos asistidos por la fuerza de la vida y por un amor eterno, presente en cada uno de nosotros, sea cual sea el rumbo y la forma que elijamos para vivir.

 También Confucio afirma que “una ofensa no es gran cosa, excepto por el hecho de que nos empeñamos en recordarla”.

 Sin embargo, es común que construyamos nuestra vida en función de recuerdos, algunos de ellos traumáticos, que resultan meras transformaciones de aquello que vivimos en su día. Recuerdos que quedan muy lejos de la realidad o que la distorsionan más o menos, y que nos distancian de nuestro presente, nuestro único sostén. Y es que el único lugar posible donde podemos vivir es el presente, y estas imágenes y sensaciones ocurrieron allá y entonces. Pertenecen a otro tiempo y momento.

 De manera que una herida no es gran cosa, excepto si nos empeñamos en recordarla.

 Esto es cierto y falso al mismo tiempo. Aunque con la mente lográramos olvidar ciertas imágenes, en el cuerpo quedan registradas todas nuestras vivencias y éste actúa como una especie de receptáculo y de regulador emocional que procura sobrevivir y minimizar los daños al precio de tensarse, congelarse, inhibirse, camuflar ciertos sentimientos, ocultar otros, modificar pautas respiratorias… Somos seres que se nutren de experiencias y que funcionamos a distintos niveles: por un lado está el pensamiento verbal y racional, y por otro, la imaginación, las emociones, las sensaciones físicas, la postura, pautas corporales, etcétera.

 El cuerpo recuerda y registra, y en cada persona convive el cuerpo del que fue ayer y antes de ayer y del que fue a los quince años y a los dos. En nuestro cuerpo está presente la memoria de todo lo que vivimos.

Extraído del libro “¿Dónde están las monedas? de Joan Garriga

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