La Transformación Impersonal

 

Despertar a las emociones significa sentirlas, nada más y nada menos. No requiere cambiar nuestros sentimientos, los sentimientos cambian todo el tiempo por sí mismos. Tampoco significa cambiar nuestro temperamento. Si somos intuitivos o filosóficos, sanguíneos o melancólicos, probablemente eso siga siendo igual. Nuestro alcance puede expandirse, pero nuestro temperamento y nuestra personalidad probablemente continúen siendo los mismos.

Un maestro buddhista decía que había esperado despertar para lograr una «transformación personal», y se sorprendió cuando al despertar lo que se produjo fue una «transformación impersonal». La transformación es la apertura del corazón y no un cambio de personalidad. Siguió diciendo ese maestro:

«En muchos sentidos la transformación espiritual de estas últimas décadas es diferente de lo que yo había imaginado. Sigo siendo la misma persona esquiva, en gran parte con el mismo estilo y manera de ser. De modo que por afuera no soy esa persona asombrosamente transformada, iluminada, que esperaba volverme. Pero hay una gran transformación por dentro. Años de trabajar con mis sentimientos, mis patrones familiares y mi temperamento suavizaron la manera en que los contengo a todos. En la lucha por conocer y aceptar en profundidad mi vida, ésta se transformó, y mi amor creció. Si mi vida era como un garaje lleno donde no dejaba de chocarme contra los muebles y de criticarme, ahora es como si me hubiera mudado a un hangar y hubiera dejado las puertas abiertas. Tengo los viejos muebles, pero no me limitan como antes. Yo soy el mismo, sin embargo, ahora estoy libre para moverme, incluso para volar.»

Es un error pensar que podemos eludir nuestro karma, la historia de quiénes somos. Lo vi con mucha claridad hace veinte años cuando comencé a enseñar en un largo retiro en Suiza. Venían participantes de toda Europa. En entrevistas privadas con los estudiantes yo traté a abrirme a cada individuo sin prejuicios, sin tener en cuenta su cultura o su país. Por eso me chocó, al final del retiro, descubrir que las entrevistas con todos y cada uno de los estudiantes alemanes que venían a verme eran sobre conflicto, ira y autocrítica, mientras que casi todos los estudiantes franceses se atormentaban con cuestiones existenciales de duda y motivación. En el caso de los estudiantes italianos, las entrevistas y meditaciones estaban llenas de emoción; vinieron gesticulando apasionadamente sobre lo doloroso, lo bello, lo difícil y lo maravilloso que había sido el proceso: absolutamente todos sin excepción. Cada individuo era una singularidad, pero cada uno de ellos estaba no obstante condicionado por un todo cultural mayor.

El despertar, entonces, no tiene que ver con convertirse en una persona diferente. Podemos ser por naturaleza introvertidos o extrovertidos, una persona alegre o impaciente. Dzongsar Khyentsie Rinpoche va tan lejos que dice: «A veces un maestro puede ser un gran pedagogo, pero no necesariamente una gran persona. Tal vez tiene mal carácter, no es fácil llevarse bien con él, o es demasiado exigente.» Cuando se le preguntó a Ram Dass luego de años de disciplina espiritual si había transformado su personalidad, rió y respondió que no. Dijo en cambio que se había convertido en «un conocedor de mis neurosis».

Como el género, el color del cabello y la altura, la personalidad y el temperamento se nos dan de una vez y para siempre. Tal vez hayan quedado dañados en la niñez y puedan redimirse luego con trabajo interno, pero son parte de nuestra naturaleza. En la psicología buddhista los tipos de personalidad siguen existiendo luego del despertar, pero son ennoblecidos por un corazón sabio y compasivo. Hay temperamentos de deseo, temperamentos de aversión, temperamentos engañosos. Pero cada uno de ellos puede refinarse mediante el despertar para expresar el amor a la belleza, la claridad y la amplitud. Tampoco se excluye el humor. Por eso cuando le preguntaron a Sasaki Rōshi, ahora el maestro zen Rinzai de mayor rango en Occidente, por qué había venido aquí a enseñar, respondió: «Yo no vine a los Estados Unidos a enseñar. Vine a divertirme. Quiero que los norteamericanos aprendan a reírse de verdad.»

Nos han enseñado muchas maneras de temer a nuestras emociones, y hay muchos conceptos erróneos que nos atrapan en ese temor. El trauma, la crítica, el miedo y la vergüenza que enfrentamos en la niñez pueden ser terriblemente constrictivos. A veces suponemos que la quietud espiritual es la mejor respuesta: no sentir demasiado, no entusiasmarse ni enojarse porque si lo haces harás zozobrar el barco de la iluminación. La práctica espiritual se mezcla con ideas de pasividad y de autoexclusión, un cese de la vitalidad apasionada.

Incluso los practicantes sinceros pueden confundir un falso decoro exterior con el pacífico comportamiento de la libertad interior. Podemos creer en secreto que, si de verdad nos permitimos experimentar nuestros sentimientos y deseos, nuestra autoindulgencia saldrá triunfante, o nuestra agresión y nuestra indolencia nos superarán. Al pensar esto, confundimos nuestra verdadera naturaleza con los sentimientos de un sentido del ser deficiente y pequeño. Pues mientras que las emociones son en verdad fuerzas poderosas, no es el miedo o la represión lo que nos liberará de sus garras: la respuesta es la conciencia.

Tememos el poder destructivo de nuestras emociones cuando todavía no las vimos como en realidad son. Confundimos el permitirnos ser conscientes de ellas con la necesidad de actuarlas. Pero, para incluir nuestro ser entero en el viaje debemos entender cómo nos enredamos y nos identificamos con nuestras emociones. Necesitamos ver la identidad del «cuerpo del miedo», para ver cómo se condicionó en nosotros el dolor y la frustración de la infancia, las fuerzas de la ira, la codicia, el orgullo, el anhelo sexual y la necesidad. Experimentando toda la gama de estos sentimientos así como vienen y como salen de nuestra conciencia comenzamos a hacer, ante cada uno, la siguiente pregunta: «¿Es esto lo que soy yo?». Si podemos contener nuestros sentimientos en un corazón amplio e intrépido, los sentimientos solitarios, quebrados, despreciables, confundidos, surgen de una nueva manera, transformados por la aceptación.

 

Jack Kornfield, «Después del Éxtasis, la Colada»,

 

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