La solución Mindfulness

 

La primera vez que seguí, durante mis años universitarios, una práctica de la plena conciencia, quedé muy impresionado. Aprender a atender y a aceptar el momento presente -a detenemos realmente a oler una rosa- me deparó unos beneficios inmediatos. Empezaron a desaparecer mis preocupaciones derivadas del afán por obtener bue­nas notas, encontrar novia o estar en la onda. Imaginé que, tras unos años de práctica, me vería libre de todo daño, dolor y preocupa­ción … , y viviría como un bienaventurado el resto de mi existencia.

 

Siento decir que las cosas no sucedieron exactamente así. Pronto descubrí que la práctica de la plena conciencia no era un buen narcó­tico (no hace desaparecer el dolor realmente). Pero, la práctica de la plena conciencia ofrece algo más valioso: en vez de anestesiarnos, nos ayuda a ver más claramente los hábitos mentales que nos crean un sufrimiento innecesario, al tiempo que nos enseña la manera de cambiarlos. Gracias a aquella práctica, no necesité mucho tiempo para descubrir que mi mente se veía constantemente empujada a fantasear sobre la siguiente fiesta y a temer el siguiente trabajo de investigación, sin apreciar casi nunca el momento presente.

También noté que me acompañaba constante­mente el pensamiento sobre si era un tipo inteligente o tonto, atractivo o feo, bueno o malo, triunfador o fracasado, coloreando todos mis estados anímicos y manteniéndome constantemente estresado.

Tam­bién me di cuenta de que, por mucho que me esforzara, esos momen­tos álgidos por haber conseguido sacar una buena nota, ligarme una chavala o ganar un partido de tenis nunca duraban mucho tiempo: pronto me descubría a la caza de la siguiente victoria o consolación.

Afortunadamente, además de enseñarme cómo estos hábitos me estaban convirtiendo en una persona infeliz, la práctica de la plena conciencia me estaba ofreciendo una alternativa, una manera de vivir la vida más a gusto, menos preocupado por conseguir momen­tos álgidos y evitar momentos bajos.

La práctica me sirvió para repa­rar en el estrés con que iba a clase, para saborear la comida de la can­tina y conectar más íntimamente con los amigos. Veía cómo los pen­samientos y los sentimientos iban y venían sin sentirme tan atrapado por ellos. Así, este prestar más atención al momento presente empe­zó a transformar mi relación con los altibajos de la vida. Incluso los momentos difíciles -como cuando mi amiga se fue a vivir con otro tío- me parecían más abordables cuando prestaba atención a -en vez de huir de- sensaciones como la ira, la tristeza y la vulnerabilidad.

Como gustan de comentar mis hijos, ya universitarios, yo, des­pués de casi cuarenta años familiarizado con la práctica de la plena conciencia, aún disto mucho de parecer por fuera un dechado de vir­tudes. Cuando llego con retraso a una cita, a menudo me pongo ner­vioso en el coche y uso la que mis hijas llaman afectuosamente esa voz. Y cuando ellos dicen: “Papá, ¿no le enseñas tú a la gente a vivir el momento? ¿No te ayuda la práctica de la plena conciencia a acep­tar las cosas que no puedes cambiar?”, yo no siempre reconozco la sabiduría de sus palabras.

Y, ahora que mis hijas tienen edad suficiente para entender el método científico, estoy en condiciones de afirmar que no tenemos un buen grupo de control. No sabemos con certeza lo desazonado que yo estaría por los problemas cotidianos sin la práctica de la plena conciencia. Tanto por la experiencia propia como por los hallazgos de la investigación, estoy convencido de que la respuesta es: “Yo estaría mucho más desazonado”.

En los primeros días de práctica, yo creía que ésta me iba a regalar una nueva personalidad. Pero he descubier­to que la práctica me ha ayudado más bien a disfrutar de la persona­Iidad que tengo al tiempo que me ha dado unas herramientas eficaces para trabajar con los desafíos inevitables de la vida; unas herramien­tas sin las cuales me temo que me encontraría en muy mala forma.

La práctica de la plena conciencia no sólo me ha resultado enorme­mente útil a mí personalmente, sino que además le está resultando de gran ayuda a un gran número de gente que se tiene que enfrentar a toda una serie de problemas cotidianos igualmente grande.

La investi­gación está demostrando que puede ayudarnos a afrontar eficazmente no sólo una determinada preocupación (por ejemplo, porque vamos a llegar tarde a una cita) u otros tipos de nerviosismos, sino también la tristeza, la depresión y ciertos estados médicos relacionados con el estrés, como, por ejemplo, el insomnio, las dificultades digestivas, los problemas sexuales o el dolor crónico, amén de todo tipo de adiccio­nes, desde el alcohol a las demás drogas, pasando por la comida, el juego o las compras.

Puede asimismo ayudarnos a llevamos mejor con nuestros hijos, padres, amigos, compañeros o pareja sentimental. y puede ayudamos incluso a envejecer con mayor galanura y a encon­trar una felicidad que no dependa de los caprichos del azar.

¿Cómo puede ayudamos semejante práctica frente a unos proble­mas de tan variada índole?

La respuesta es que todos los problemas empeoran a consecuencia de una tendencia que nos es natural; a saber, que, en nuestro esfuerzo por sentimos bien, intentamos evitar, o rehuir, las incomodidades, para luego acabar descubriendo que, en realidad, esto no hace sino multiplicar nuestras incomodidades.  Existen una asombrosa variedad de problemas que se originan por nuestro intento por liberarnos de ellos. Al ayudarnos a permanecer con nuestra experiencia momento a momento, la plena conciencia nos ofrece una solución sorprendente.

Muchos de nosotros estamos tan atareados que el mero pensar en añadir otra tarea más -por potencialmente beneficiosa que pueda ser- nos resulta simplemente … demasiado.

La buena noticia es que la práctica de la plena conciencia puede tomarse de diferentes for­mas para que se adapte a nuestros diferentes estilos de vida. Mientras que es importante dejar un tiempo aparte para la meditación formal, la plena conciencia se puede practicar como parte de la ruti­na cotidiana. Por ejemplo, mientras nos lavamos los dientes, vamos en el coche al trabajo, sacamos el perro a pasear o esperamos a pagar en la cola del supermercado. La mayoría de la gente nota como si tuviera más tiempo en su vida una vez que ha empezado a practicar la plena conciencia; se vuelve cada vez más centrada y eficaz al tiem­po que se siente más descansada y menos estresada.

Existen incluso prácticas concretas de la plena conciencia que podemos utilizar durante alguna crisis: cuando estamos a punto de “perder los pape­les” o cuando estamos tan exasperados, alterados o abrumados que corremos el riesgo de decir o hacer algo de lo que después nos vamos a arrepentir. En fin, estas prácticas toman la vida más fácil en cuanto que nos ayudan a evitar desbarajustes que después nos van a produ­cir muchos quebraderos de cabeza.

 Extraído del libro ” La Solución Mindfulness” de Ronald D. Siegel

 

 

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