El retorno a la alegría

 

Si no podemos ser felices a pesar de nuestras dificul­tades, ¿de qué nos sirve nuestra práctica espiritual?

MAHA GHOSANANDA, el «Gandhí» de Camboya

 

Cuando aprendes a navegar tus dificultades con gracia y compa­sión, también descubres que la alegría vuelve. Sí, la vida es tener problemas, como declara Zorba y, sin embargo, tus penas y difi­cultades no te definen. No tratan de limitar quién eres. A veces, durante los periodos en los que tus luchas te abruman o cuando duran mucho tiempo, puedes confundirlas con tu vida. Te acos­tumbras a la dificultad, te haces leal a tu sufrimiento. No sabes quién serías sin él. Pero tus dificultades no son el fin de la historia, solo son una parte de ella; forman parte de tu camino hacia el gran amor y la comprensión, una parte de la danza de la humanidad.

Cuando Siddharta se sentó junto al río al final de la historia de Herman Hesse, que muchos leímos en el instituto de secun­daria, finalmente aprendió a escuchar. Se dio cuenta de que todas las voces del río componen la música de la vida: el bien y el mal, los placeres y los dolores, la pena y la risa, los anhelos y el amor. Su espíritu ya no estaba en guerra con la totalidad de la vida.

 

Descubrió que junto a las luchas, también hay una alegría in­quebrantable. Esta alegría puede ser tuya.

 

Maha Goshananda enseñaba a todos aquellos con los que se encontraba -incluso en Camboya, donde todas las familias ha­bían sufrido pérdidas inimaginables durante el genocidio-, que, a pesar de nuestras dificultades, el amor puede retornar. Enseñaba a afrontar las penas con compasión y comprensión, enseñaba a honrarlas, y finalmente a transformarlas. Es importante no dejar que tus penas se conviertan en la totalidad de tu vida.

 

«¿Cuándo vas a un jardín -pregunta Rumí- miras las espinas o las flores? Pasa más tiempo con las rosas y el jazmín».

 

Una profesora budista y colega, Debra Chamberlin- Taylor, cuenta la historia de una activista comunista que participó en su formación de un año de duración para gente de color. Esta mujer había vivido una infancia de pobreza, trauma y abuso. Ha­bía afrontado la muerte de uno de sus padres, enfermedades, el  divorcio de un matrimonio doloroso, el racismo y había sido ma­dre soltera de dos niños. Hablaba de sus años de esfuerzos para obtener una educación, para defender aquello en lo que creía. Describió que se había convertido en una radical de la lucha por la justica en la política local y nacional. Finalmente, en el último encuentro, esta mujer anunció:

«Después de todas las luchas y los problemas que he vivido, ¡he decidido hacer algo verdadera­mente radical! Voy ser feliz».

 

Independientemente de lo que hayas afrontado, la alegría y la renovación esperan tu retorno. Cuando recuerdas esto, puedes abrir los ojos al misterio de la vida que te rodea. Siente las ben­diciones de la Tierra en el arco perfecto de una mandarina ma­dura, en el sabor del pan recién hecho y aún caliente, en los vue­los circulares de los pájaros, en el color lavanda del cielo brillando en un charco a última hora de la tarde, en los millones de veces que pasamos al lado de otros seres, en nuestros coches, en las tiendas o al aire libre entre los árboles, sin chocar, sin conflicto, sin daño.

La práctica espiritual no debe confundirse con un deber for­zoso. Es la risa del Dalái Lama y la maravilla que nace con cada niño. Maurice Sendak, autor de Where The Wild Things Are, re­trata este espíritu en la historia de un niño que le escribió. «Me envió una postal preciosa con un dibujo. Me encantó. Respondo a todas las cartas que me envían los niños, a veces a toda prisa, pero para contestar a esta tardé un poco más. Le envié una postal como una imagen de Wild Thing. Y le escribí: “Querido Jim, me ha encantado tu postal”. Después recibí otra carta de su madre en la que decía: “A Jim le gustó tanto tu carta que se la comió”. Este ha sido uno de los mayores cumplidos que he recibido. No le importó que era un dibujo original ni nada. La vio, le encantó y se la comió».

 

Sí, tenemos que navegar con cuidado en los tiempos duros.

Pero también debemos saber que la totalidad del mundo es nues­tro templo, y que lo hemos de atender con amor y dignidad pase lo que pase. Tal como nos exhortaba Martin Luther King Jr.:

«Si una persona barre las calles para ganarse la vida, debería barrarlas como pintó Miguel Ángel, como compuso Beethoven y como Shakespeare escribió sus obras de teatro».

El mundo nos ofrece una renovación perenne en la hierba que sale en las grietas de las aceras, al final de cada tormenta to­rrencial y en cada jardinera recién plantada, en cada revolución inesperada, en la luz de cada nuevo amanecer. Este espíritu im­parable de renovación está en ti. Confía en él. Aprende que fluye a través de ti y de la totalidad de la vida.

El don último de nuestro sufrimiento es enseñarnos a sufrir adecuadamente, a curarnos y a aprender la compasión. Pero fi­nalmente llegamos a darnos cuenta que en cualquier momento podemos salir del temor y sentir los grandes vientos que nos transportan, despertar al eterno presente. Está dentro de nuestra capacidad experimentar la liberación del corazón que Buda nos ofreció a todos con estas palabras:

 

Vive en la alegría,

en el amor,

incluso entre los que odian.

Vive en la alegría,

en la salud,

 incluso entre los afligidos.

Vive en la alegría,

en paz,

incluso entre los problemas.

Mira dentro.

Aquiétate

libre de temor y de apego,

conoce la dulce alegría de vivir en el camino.

 

Os deseo las mayores bendiciones

Texto extraído del libro “Una lámpara en la Oscuridad” de Jack Kornfield

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