¿Qué es la meditación?

 

 

La meditación es una palabra, y, por más trivial que pueda parecer, como personas diferentes utilizan las palabras en sentidos diferen­tes, es muy importante distinguir con exactitud lo que una persona concreta quiere decir cuando utiliza una determinada palabra. Casi todas las culturas del planeta han generado algún tipo de práctica mental a la que podríamos calificar como meditación. Todo depende de lo amplio que sea el significado que atribuyamos a ese término. Esas técnicas son tan variadas que no trataremos de enumerarlas. De ello se ocupan ya otros libros. Limitaremos, este artículo, nuestra discusión a las prácticas mejor conocidas por los lectores occidenta­les y más frecuentemente asociadas al término “meditación”.

 

Dentro de la tradición judeocristiana, por ejemplo, existen dos prácticas, a menudo solapadas, llamadas oración y contemplación. La oración se dirige hacia una entidad espiritual, mientras que la contemplación, por su parte, consiste en pensar de manera conscien­te, durante un tiempo prolongado, sobre un determinado tema, habi­tualmente un pasaje de las escrituras o un ideal religioso. Ambas son, desde el punto de vista del cultivo mental, prácticas de concen­tración porque, en ellas, el torrente habitual de pensamiento queda circunscrito y la mente se encauza hacia una dimensión de operación consciente. Por eso estas prácticas provocan los mismos resultados que las prácticas de concentración, es decir, una calma profunda, un enlentecimiento fisiológico del metabolismo y una sensación de paz y bienestar.

De la tradición hindú viene la meditación yóguica, que también es fundamentalmente concentrativa. Su ejercicio básico tradicional consiste en centrar la mente en un solo objeto (como una piedra, la llama de una vela, una sílaba, etcétera), sin permitir que se desvíe. Una vez adquirida esta habilidad básica, el yogui amplía su práctica meditativa a objetos más complejos (como cánticos, imágenes reli­giosas, canales de energía corporal, etcétera). Independientemente, sin embargo, de cuál sea su objeto, la meditación sigue siendo un ejercicio de concentración.

La tradición budista valora también muy positivamente la concentración, pero le añade un elemento nuevo y muy importante, la conciencia. El objetivo de toda meditación budista consiste en desa­rrollar la conciencia utilizando la concentración como herramienta dirigida hacia ese objetivo. La tradición budista, sin embargo, es tan amplia que incluye varios caminos orientados hacia ese fin. La me­ditación Zen, por ejemplo, utiliza dos caminos diferentes. El pri­mero de ellos consiste en zambullirse directamente en la conciencia mediante la fuerza de la voluntad. Uno se sienta, y sencillamente se sienta, lo que significa que se despoja de todo excepto de la pura conciencia de estar sentado (lo que, como advertirá fácilmente cual­quiera que lo intente, no es tan sencillo como parece). El segundo enfoque Zen, utilizado por la escuela Rinzai, consiste en sacar la mente del pensamiento consciente y ubicarla en un estado de con­ciencia pura. Esto se lleva a cabo formulando un acertijo (Koan) que, a pesar de ser irresoluble, el sujeto debe esforzarse en resolver, lo que aca­ba abocándole a una situación límite. y es que, como no puede escapar al dolor generado por la situación, se ve obligado a huir al único lugar que le queda, la experiencia pura del momento. El Zen  es muy duro. Es muy eficaz para muchas personas, pero realmente es muy duro.

El procedimiento seguido, en este sentido, por el budismo tán­trico es casi opuesto. El pensamiento consciente es, al menos en el sentido en que habitualmente lo utilizamos, una manifestación del ego, es decir, del “yo” que creemos ser. El pensamiento consciente está muy ligado al concepto del yo, que no es más que el conjunto de reacciones e imágenes mentales añadidas al flujo de la conciencia pura. El tantra trata de alcanzar la conciencia pura destruyendo esta imagen del ego y lo logra a través del proceso de visualización. Al estudiante se le proporciona una determinada imagen religiosa so­bre la que meditar, como, por ejemplo, una de las divinidades del panteón tántrico. Y debe hacerlo despojándose completamente de su identidad y revistiéndose de la nueva hasta acabar transformándose en ella. Y esto, por más tiempo que requiera, funciona. Durante el proceso, el sujeto puede observar el modo en que el ego se construye y ubica en su lugar. Reconociendo, de este modo, la naturaleza arbi­traria de todos los egos, incluido el suyo propio, escapa de su escla­vitud hasta que llega a un estado en el que puede, según desee, fun­cionar sin ego o con él (ya sea el suyo o cualquier otro). El resultado de todo ello es la conciencia pura. Pero el tantra tampoco es un pas­tel que guste a todo el mundo.

 

La meditación de la Atención Plena (Vipassana) es la más antigua de todas las prácticas meditativas. Consiste en el cultivo directo y gradual de la atención plena o de la conciencia pura y procede gradualmente a lo largo de los años. En tal caso, la atención del meditador se ocupa de examinar cuidadosa­mente los diferentes aspectos de su propia existencia y se entrena en la toma de conciencia de su experiencia vital. La Meditación de la Atención Plena es una téc­nica muy pausada, pero también muy minuciosa, un sistema de adiestramiento mental, un conjunto de ejercicios des­tinados a cobrar una conciencia, cada vez mayor, de nuestra expe­riencia vital. Es una escucha atenta, una mirada atenta y una obser­vación atenta que nos enseña a oler y tocar plenamente y a prestar una atención verdadera a los cambios que se producen en todas nues­tras experiencias. De ese modo, aprendemos a escuchar nuestros pensamientos sin quedarnos atrapados en ellos.

El objetivo de la práctica de la Atención Plena consiste en aprender a ver las verdades de la impermanencia, la insatisfacción y la ausencia de identidad de los fenómenos. Pensamos que estamos haciendo eso, pero es una ilusión. Prestamos tan poca atención al devenir continuo de la experiencia que lo mismo nos daría estar dormidos. Estamos atrapa­dos en la paradoja de no darnos cuenta de que no nos damos cuenta.

El proceso de la atención plena o mindfulness nos ayuda a cobrar conciencia, más allá de la imagen del ego, de lo que realmente so­mos. Entonces despertamos a lo que la vida es, más allá del ince­sante desfile de subidas y bajadas. Los premios y los castigos no son más que una ilusión. Cuando nos tomamos la molestia de observarla atentamente, la vida tiene una textura mucho más profunda.

La Atención Plena es una forma de entrenamiento mental que te enseña a experimentar el mundo de un modo completamente nuevo. Enton­ces te das cuenta por vez primera de lo que realmente está sucedien­do en ti, a tu alrededor Y en tu interior. Es un proceso de autodescu­brimiento en el que observas tu experiencia sin dejar de participar en ella. La práctica debe ser acometida con la actitud de dejar a un lado todo lo que has aprendido. Olvida todas las teorías, prejuicios y es­tereotipos con la intención de entender la naturaleza misma de la vida, saber qué es la experiencia de estar vivo y aprehender la vida y sus cualidades más profundas. Y no te contentes, para ello, con la explicación que te den otras personas. Apréstate, por el contrario a ver las cosas por ti mismo.

Si es esa la actitud con la que emprendes la meditación, tendrás éxito. Entonces verás las cosas objetivamente, tal cual son, fluyendo y cambiando instante tras instante, y la vida asumirá una riqueza ex­traordinaria que no puede ser descrita, sino tan solo experimentada.

Lo que pretende la meditación de la Atención Plena es ver con claridad y precisión, discernir los diferentes componentes de la existencia y penetrar a fondo hasta llegar a per­cibir la realidad fundamental de lo que estamos viendo. Se refiere, pues, al cultivo de la mente con el objetivo de ver de un modo especial que nos conduzca a la intuición y la comprensión profundas.

La meditación de la Atención Plena nos permite cultivar esta forma especial de ver la vida. Así es como, empleando una modalidad especial de percepción llamada atención plena, aprendemos a ver la realidad tal cual es. La atención plena es muy diferente al modo en que solemos observar las cosas. Normalmente no vemos lo que se halla ante no­sotros sino que contemplamos la vida a través de un filtro de pensamientos y conceptos que erróneamente tomamos por la realidad.

 

Estamos tan atrapados en la corriente incesante de pensamientos que la realidad fluye sin que nos demos siquiera cuenta de ella. Nos pa­samos la vida sumidos en la actividad, atrapados en una eterna búsqueda del placer y la gratificación y en una eterna huida del dolor y lo desagradable. Dilapidamos nuestra energía tratando, en una bús­queda incesante de seguridad y de sentirnos mejor, de enterrar nues­tros miedos haciendo como si no existieran. Entretanto, sin embargo, el mundo de la experiencia real pasa por nuestro lado sin que nos demos siquiera cuenta de él.  La Atención Plena nos enseña a ignorar el im­pulso continuo a estar más cómodos y a zambullirnos en la realidad misma. Lo paradójico es que la verdadera paz solo llega cuando de­jamos de buscarla. Otra pescadilla que se muerde la cola.

La verdadera satisfacción solo arriba cuando relajas el deseo compulsivo de comodidad. Cuando dejas de correr en busca de gra­tificación asoma la verdadera belleza de la vida. Cuando estás dis­puesto, más allá del engaño, a conocer la realidad, con todo su dolor y sus peligros, la libertad y la seguridad reales son tuyas. Y esta no es una doctrina que estemos tratando de imponerte, sino una realidad observable que puedes y debes ver por ti mismo.

 «¡Ven y compruébalo por ti mismo». «No pongas cabeza alguna por encima de la tuya», No aceptes la palabra de nadie, cree sólo aquellas cosas que veas por ti mismo.

 Esta es, precisamente, la actitud que queremos que asuma el lector de este artículo. No estamos haciendo afirmaciones que deban ser aceptadas porque seamos una autoridad en el tema. La fe ciega no tiene nada que ver con esto. Estas son realidades que se experimentan. La meditación de la visión profunda es, en última instancia, una práctica de investigación y descubrimiento personal.

Veamos ahora, dicho esto, un resumen muy breve de algunos de los puntos fundamentales, que debemos mencionar, aunque solo sea brevemente.

Los seres humanos vivimos de un modo muy peculiar. A pesar de que, a nuestro alrededor, todo esté cambiando de continuo, vivimos como si las cosas fuesen permanen­tes. El proceso de cambio es constante y eterno. Mientras lees este artículo tu cuerpo está envejeciendo, pero no le prestas atención. La paredes que te rodean estan en proceso de descomposici­ón. Las moléculas que componen esas paredes están vibrando a una velocidad extraordinaria, Y todo está modificándose y disolviéndose lentamente. Y tampoco a eso le prestas la adecuada atención. Un buen día, sin embargo, te das cuenta de que tu cuerpo está decré­pito y te duelen las articulaciones, de que las paredes estas sucias y la pintura se está despegando. Entonces te lamentas por la juventud y las posesiones perdidas. Pero ¿de dónde vien todo ese dolor? De nuestra falta de atención. Fuimos incapaces de observar directamente la vida. Fracasamos en advertir, mientras sucedía el continuo flujo del mundo. Erigimos un complejo conjunto de construcciones mentales -“yo”, “la pared”, etcétera, creyendo que se trataba de entidades sólidas y reales y suponiendo que durarían siempre. Pero lo cierto es que las cosas no son así. Ahora tienes la oportunidad de conectar con el cambio continuo y aprender a percibir la vida como un flujo constante de cosas condi­cionadas. Realmente, puedes. Solo es cuestión de tiempo y entrenamiento.

Nuestros hábitos perceptuales son, en muchos sentidos, absurdos. Dejamos de lado el 99 de la totalidad de estímulos sensoriales que recibimos y consolidamos el resto en objetos mentales discretos y luego reaccionamos mecánica o programadamente a dichos objetos mentales.

Estás sentado en mitad de una noche apacible cuando, a lo lejos, escuchas el ladrido de un perro. En sí mismo no es bueno ni malo que, en la superficie del océano del silencio, aparezcan ondas de vi­bración sonora. Entonces percibes cómo las complejas y hermosas pautas sonoras se convierten en estímulos eléctricos que centellean en tu sistema nervioso. Pero, por más que se trate de un proceso que debería ser entendido como una experiencia de la impermanencia, la insatisfacción y la ausencia de identidad, los seres humanos tende­mos a ignorarlo y acabamos consolidando, en su lugar, esa percep­ción en un objeto mental. Luego le añadimos una imagen mental y la asociamos a una serie de reacciones emocionales y conceptua­les. «Ya está aquí de nuevo el perro. ¡Menudo ruido! Cada noche la misma historia. Alguien tendría que hacer algo. Quizás tendría que llamar a la policía. No, será mejor llamar a la perrera. O, tal vez, convenga enviarle una carta a su dueño. No, demasiado complicado. Mejor me pondré unos tapones en los oídos.» Todos esos son meros hábitos perceptuales. Aprendiste a responder de ese modo copiando, cuando eras niño, los hábitos perceptuales de quienes te rodeaban. Las respuestas perceptuales no son inherentes a la estructura del sistema nervioso. Es cierto que los circuitos están ahí, pero ese no es el único modo posible de utilizar tu maquinaria mental. Lo bueno es que lo que has aprendido puedes también des-aprenderlo. Y el pri­mer paso para ello consiste en darte cuenta de lo que haces mientras estás haciéndolo, es decir, consiste en dar un paso atrás y observar en silencio.

Los seres humanos tenemos, una visión equivocada de la vida, porque tomamos la causa del sufri­miento como si de la felicidad se tratara. La causa del sufrimiento es el síndrome del deseo y la aversión. Apenas aflora una percepción -que puede ser cualquier cosa, desde una hermosa muchacha hasta un hombre apuesto, una lancha motora, el aroma del pan recién salido del horno o un camión diri­giéndose hacia nosotros a toda velocidad-, lo primero que hacemos es reaccionar al estímulo asociándolo a una sensación.

Consideremos, por ejemplo, el caso de la preocupación. Nos pa­samos la vida preocupándonos. Pero la preocupación es un proceso que discurre atravesando una serie de pasos. La ansiedad no es tan solo un estado de la existencia, sino un proceso. Lo que tienes que hacer es contemplar el inicio mismo de este proceso -sus estadios iniciales-, antes de que cobre fuerza. El primer eslabón de la cadena la preocupación es la reacción de identificación y rechazo. Apenas ­aflora, en tu mente, un fenómeno, tratas mentalmente de aferrarte a él o de rechazarlo. Eso es lo que pone en marcha la respuesta de preocupación. Afortunadamente, siempre llevamos con nosotros una herramienta -llamada meditación atención plena- a la que podemos ape­lar para poner fin a ese mecanismo.

La meditación de la Atención Plena nos enseña a contemplar con gran precisión nuestros procesos perceptuales. Nos enseña a observar, de un modo sereno e imparcial, la emergencia del pensamiento y de la percepción. Nos enseña a ver nuestras reacciones sin quedarnos atrapadas ­en ellas. Así es como va desvaneciéndose gradualmente la naturaleza obsesiva del pensamiento. Podemos seguir casados y podemos apartarnos de la trayectoria del camión, pero ya no estamos obligados a atravesar una y otra vez el mismo infierno.

Este distanciamiento de la naturaleza obsesiva del pensamiento nos proporciona una nueva visión de la realidad. Se trata de un cam­bio completo de paradigma, de un cambio total del mecanismo per­ceptual que va acompañado de la emancipación de las obsesiones.

La meditación de la Atención Plena es un conjunto de prácticas que nos abre gradualmente a una nueva visión de la realidad tal como es. Esta nueva realidad va acompañada de una nueva visión del aspecto más central de la realidad, es decir, el “yo”. Una inspección más deteni­da revela que hemos hecho, con el “yo”, lo mismo que con todas las demás percepciones, tomar un vórtice continuo de pensamientos, sentimientos Y sensaciones Y consolidarlo como un constructo men­tal. Después le hemos añadido una etiqueta que dice “yo” y, separán­dolo de todo lo demás, lo hemos tratado como una entidad estática y duradera. Y es así como, ignorando nuestra conexión con todos los aspectos de este proceso de cambio continuo que es el universo, nos lamentamos de lo aislados que estamos. Ignoramos nuestra conexión inherente con todo y decidimos que “yo” tengo que conseguir más cosas para “mí”. Luego nos quejamos del egoísmo y la insensibilidad del ser humano. Pero así funcionan las cosas porque, de esta falsa sensación del “yo” como algo diferente y separado de todo lo demás, se derivan todas las malas acciones.

El universo entero cambia cuando se disipa la ilusión de ese concepto. Pero no creas que eso es algo que puedes lograr de la noche a la mañana. Has pasado toda la vida creando ese concepto y reforzándolo, con el paso de los años, con cada pensamiento, cada palabra y cada acción, de modo que no puedes esperar que se evapore en un instante. Con el paso del tiempo y la debida atención, sin embargo, acabará desapareciendo. La meditación es un proceso que te permite ir diluyendo ese concepto. Poco a poco, y en la medida en que lo observas, acaba disolviéndose.

El concepto del “yo” es un proceso. Es algo que creamos de continuo. La Atención Plena nos enseña a darnos cuenta de lo que estamos creando y de cuándo y cómo lo creamos. Después, el escenario men­tal cambia y desaparece como una nube que atraviesa el cielo despe­jado, y entonces accedemos a un estado en el que, según convenga a una situación, podemos decidir usar o no el yo. Y es que, cuando la compulsividad desaparece, tenemos la posibilidad de elegir.

Todas estas son, obviamente, comprensiones muy importantes. Cada una de ellas nos proporciona una percepción muy profunda so­bre algún aspecto fundamental de la existencia. Y, aunque no ocurra rápidamente y sin un considerable esfuerzo, la recompensa es grande, porque desemboca en una transformación completa de nuestra vida. Después de ella, se modifica totalmente cada segundo de nuestra exis­tencia. El meditador que sigue el camino hasta el final logra una salud mental perfecta, un amor puro hacia todo lo que vive y la cesación completa del sufrimiento. No son objetivos nimios. Pero no es necesa­rio para empezar a disfrutar de sus ventajas, llegar al final del camino. Sus beneficios son inmediatos y van acumulándose con el paso del tiempo. Cuanto más te sientas a meditar, más aprendes sobre la natu­raleza de la existencia. Cuantas más horas pasas meditando, ma­yor es tu capacidad para observar atentamente cada impulso, cada intención, cada pensamiento y cada emoción tal y como se presenta en tu mente. El progreso de la liberación se mide en horas de sentada en el cojín. Y, durante este proceso, puedes detenerte cuando consideres ­que ya tienes suficiente. No existe regla obligatoria alguna a la debas atenerte más que tu deseo de contemplar la cualidad verdadera­ de la vida y de enriquecer tu existencia y la de los demás.

La meditación de la Atención Plena es fundamentalmente experiencial, no teórica. Durante la práctica de la meditación te sensibilizas a la ex­periencia real de la vida, al modo en que realmente se sienten las cosas. No se trata de que te sientes a tener pensamientos sublimes sobre la vida, de lo que se trata es de vivir. Por ello se dice que la meditación de la Atención Plena consiste, más que cualquier otra cosa, en aprender a vivir.

 

Texto Extraído del libro “El Libro del Mindfulness” de Bhante Henopola Gutanaratana

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