¿Que no nos lo tomemos como algo personal?

 

El «yO» separado -el «yO» aparentemente autónomo o personalidad de la experiencia cotidiana- no goza de mucha aceptación en algunos círculos espirituales, probablemente porque muchos de nosotros lo asociamos demasiado con el ego. Este «yO» puede manifestarse, en uno de sus extremos, como narcisismo o una excesiva preocupación por uno mismo (magnificándolo todo) y, en el otro extremo, como una individualidad sana y llevada a su máxima expresión. Pero, por muy maduro que parezca, este «yO» puede seguir siendo considerado como un obstáculo para la realización espiritual por quienes se hallan demasiado entusiasmados con el concepto de unidad, lo cual trae como consecuencia una subvaloración de lo personal con respecto a lo espiritual.

Las vías espirituales que sobrevaloran y se aferran a la noción de trascendencia tienden a patologizar el ego y considerarlo como algo que hay que superar o erradicar si queremos despertar espiritualmente. Por ello, el «yO» es tratado como algo que nos viene por añadidura con la encarnación, que llevamos «pegado como una lapa», que es de una vibración decididamente inferior y que, a lo sumo, añade un poquito de color y gracia a nuestro proceder. Si bien es cierto que las vías espirituales menos despersonalizadas pueden reconocer el valor del individualismo y la personalidad, también lo es que pueden asociarlos demasiado fácilmente con el ego. Nos animan a no tomarnos las cosas «a pecho», o como algo personal, porque eso podría atrincherarnos en respuestas o reacciones centradas en él.

La espiritualidad despersonalizada es una empresa anémica en la que se confunde oquedad con transparencia, desarraigo con altitud, límites endebles con apertura o franqueza y la monotonía emocional con la ecuanimidad. Cuando nos hallamos bajo sus garras, normalmente, no nos molestamos en diferenciar entre egoísmo e individualidad, ocupados como estamos en promover y publicitar el Expreso de la Unidad y el Monorraíl de la Trascendencia, predicando el evangelio de la no separación aun cuando seamos partidarios de separarnos o librarnos del ego. Puede que, si estamos atrapados en la evasión espiritual, estemos mentalizados con la noción de que todo es Uno, pero cuando se trata de «ser uno» con nuestras cualidades «inferiores», como la rabia o la avaricia, preferimos mil veces desvincularnos de ellas, aun cuando afirmemos «de boquilla» que forman una unidad con todo lo demás.

Esta degradación del individualismo y esta obsesión por alejarnos de él, sobre todo de sus aspectos apasionadamente vivos y profundamente comprometidos, es un punto clave de la evasión espiritual y no constituye la liberación respecto al «yoísmo» (el proceso de generar un sentido del «yo»), sino el rechazo a desarrollar y encarnar plenamente un «yo», a individualizamos. Es cierto que nuestro sentido del «yo» -o personalidad-en sí puede observarse, lo que demuestra que nuestra verdadera identidad se encuentra más allá del mismo, pero esta observación no sirve de mucho si la empleamos para apartarnos de lo personal o marginarlo.

La tratemos como la tratemos, nuestra personalidad persiste.

Una parte de ella evoluciona y otra no, al lograr resistirse a todo programa correctivo, ya sea espiritual u otro, que vaya dirigido a ella. Una vez que hemos comenzado a atajar nuestra ambición espiritual nos damos cuenta de que, si bien no hay ninguna necesidad de transformar nuestra personalidad, sí la hay de aprender a relacionarnos con ella en lugar de limitarnos a identificarnos con ella.

Esto no significa, sin embargo, que tengamos que distanciarnos de nuestra personalidad y de sus rarezas, sino más bien que necesitamos cultivar justo la suficiente separación como para enfocarla con claridad y, a partir de ahí, desarrollar una relación más Íntima con ella: de este modo nos aproximamos conscientemente a nuestra individualidad, acogiéndola con lúcida compasión sin fundirnos con ella.

En una subjetividad tan radical, podemos dejar que nuestra individualidad se muestre en todos sus colores para que exista como una expresión no vinculante y profundamente idiosincrásica de quienes somos en realidad. Cuanto más nos familiaricemos con nuestra individualidad -conociéndola Íntimamente tanto a ella como a sus orígenes- mejor sabremos movernos por ella, así como por nuestra dimensión espiritual y la de nuestras relaciones. Damos a cada una lo que le corresponde y permitimos que estos tres aspectos de nosotros -el personal, el interpersonal y el transpersonal- coexistan fructíferamente, sin dejar que ninguno de ellos asuma o usurpe el trono del «yo».

Muchas autoridades espirituales nos aconsejan no tomarnos las cosas «a pecho», o como algo personal, y muchos de nosotros hemos seguido este consejo sin reflexionarlo realmente. Es una noción atractiva, sencilla y aparentemente de sentido común, que implica un cierto desapego, incluso inmunidad, que nos permite no perder la calma y no caer en una espiral de reacciones. El hecho de recordarnos a nosotros mismos que lo que nos viene de los demás, sea lo que sea, en realidad no va por nosotros, sino más bien por ellos, nos ayuda a no quedarnos descentrados, pero tiene un desafortunado efecto secundario, y es que nos distancia del hecho de que a veces lo que nos viene de los demás sí va hasta cierto punto por nosotros. Por lo tanto, es necesario que nos lo tomemos como algo personal aunque, por supuesto, con la máxima conciencia posible.

 La evasión espiritual se caracteriza a menudo por poner un insistente énfasis en no tomarse las cosas como algo personal. Al fin y al cabo, es más fácil tomárselas de una forma impersonal, aunque solo sea porque estamos tan desapegados que no tenemos que implicarnos emocionalmente. Muchísimas de las cosas que pasan por ser un desapego sano distan mucho de lo sano; por el contrario, reflejan un apego a estar desapegados, a mantener la suficiente separación con lo que está ocurriendo para no tener que sentirlo realmente.

 No tomarse las cosas a pecho o como algo personal puede constituir una práctica iluminadora y eminentemente práctica, valga la redundancia, que nos permite reaccionar de una forma sensata a circunstancias difíciles, pero lleva consigo una inmensa sombra de disociación, despersonalización y desconexión. Cuando hemos hecho poco o ningún trabajo en profundidad sobre una determinada cualidad o rasgo podemos saltar prematuramente de etiquetar «mis» rasgos a «los» rasgos. Por ejemplo, puede que tengamos un miedo considerable, pero en lugar de indagar en él y establecer una relación verdaderamente estrecha con él, saltamos a un lenguaje distante (y supuestamente más espiritual) para referirnos a él como «el» miedo en lugar de «mi» miedo; de este modo, no hemos integrado ni llegado genuinamente a una visión trascendente de la realidad, sino que, simplemente, hemos negado nuestro miedo. Sin embargo, una vez que llegamos a conocerlo bien, a conocerlo desde muy adentro, podemos relacionarnos con él legítimamente, no solo como «mi» miedo, sino también como «el» miedo. Y aquí no hay ninguna disociación, sino simplemente la capacidad de ver y trabajar con el miedo principalmente como un fenómeno psicoenergético, nivel a nivel, junto con una expansión de nuestros límites para incluir el miedo colectivo.

 Si nuestro ser amado muere de pronto y los amigos o familiares, con buena intención, nos aconsejan no tomárnoslo como algo personal ¿cómo nos afecta esto? Haríamos muchísimo mejor en no escuchar su consejo y tomarnos el fallecimiento de nuestro ser amado como algo personal -muy personal-, dejando que la cruda realidad de lo ocurrido nos vaya directa al corazón, sintiendo cómo entramos y pasamos por la conmoción y la negación, permitiendo que nuestro dolor fluya a raudales, con toda la fuerza y profundidad que necesite, sin una sola disculpa por el modo tan profunda y dolorosamente personal en que sentimos la situación. Estamos tomándonoslo como algo personal, pero, al hacerlo de una forma tan plena, total y consciente, también estamos abriéndonos al misterio esencial de las cosas sin tratar de instalarnos allí prematuramente. Es decir, nos lo estamos tomando como algo personal y, al mismo tiempo, de una forma interpersonal y transpersonal.

 «No te lo tomes como algo personal» puede ser un buen consejo en muchas y distintas circunstancias, pero no debería aplicarse a todo; es necesario saber discernir. Hay situaciones que exigen que nos las tomemos como algo personal, que dejemos que nos conmuevan e impacten profundamente. Sin embargo, no hay que confundir esto con caer en una espiral de reacciones; si una situación concreta exige que nos la tomemos como algo personal, esto no significa que personalicemos excesivamente, dramaticemos o nos perdamos en ella, sino que dejemos que cause su efecto sobre nosotros sin apoderarse de nosotros. El mejor modo de hacer esto es con el espíritu de unos buenos padres que atienden al hijo o a la hija que acaba de sufrir un daño: sí, lo sienten profundamente por su hija/o de un modo obviamente personal, pero, al mismo tiempo, cultivan la distancia justa con lo que está ocurriendo como para poder cuidar bien de él/ella.

Más allá de la rigidez que supone considerar como una virtud el no tomarse nada de una forma personal, existe la posibilidad de responder con intuición y discernimiento a todo aquello que nos salga por el camino, a veces dejándolo entrar, a veces no, sin permitir que un cierto sentido de la corrección espiritual determine nuestra respuesta. De este modo, no experimentamos ninguna separación innecesaria, ningún aferro al desapego, ninguna inmunización contra el dolor: solamente una apertura, con límites y sin ellos al mismo tiempo, que no nos aleja de nuestra condición humana, sino que nos lleva a entrar en el corazón de la misma.

Extraído del libro “La Evasión Espiritual” de Robert Augustus Masters

 

 

 

 

 

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