Meditación ¿Por qué hay que preocuparse?

 

La meditación no es fácil. Requiere tiempo y energía. Y también requiere valor, determinación y disciplina, cualidades que, por con­siderar desagradables, tratamos, en consecuencia, de evitar. Podría­mos agrupar todas esas cualidades bajo la expresión “sentido co­mún” y decir que la meditación requiere sentido común. Pero ¿por qué deberíamos preocuparnos? ¿No es mucho más sencillo sentarse a ver la televisión? ¿Por qué, cuando podríamos estar divirtiéndonos, debemos desperdiciar nuestro tiempo y energía? La respuesta es muy sencilla. Porque, como todos los seres humanos, somos herederos de una insatisfacción básica que nunca cesa.

Puedes distraerte unas cuantas horas, puedes eliminarla provisionalmente de tu conciencia, pero, más pronto o más tarde, precisamente en aquellos momentos en que menos la esperas, vuelve a hacer acto de presencia.

Es entonces cuando, de repente y sin saber cómo, te das súbita­mente cuenta de que la vida se te escapa. Tienes un buen aspecto y, de un modo u otro, te las arreglas para sobrevivir. Pero, por más que, externamente, todo parezca discurrir bien, ocultas para ti mismo los momentos de desesperación en los que parece que todo se derrumba. Eres un desastre y lo sabes, pero te has especializado en disimularlo. En el fondo, sin embargo, sabes que hay otra forma de vivir, una forma más adecuada de ver el mundo y una forma más plena de vivir la vida. Pero eso es algo con lo que solo tropiezas en contadas oca­siones. Encuentras un buen trabajo, te enamoras, recibes tu recom­pensa y, durante un tiempo, los problemas parecen desaparecer. La vida asume entonces una luminosidad y riqueza ante la que palide­cen los contratiempos. La textura de la experiencia cambia y te dices: «¡Ahora sí que soy feliz!». Poco después, sin embargo, esa certeza acaba desvaneciéndose como la niebla, dejándote con un vago recuer­do y la difusa conciencia de que algo está mal.

Sientes que, en esta vida, existe una profundidad y una sensibili­dad de la que, de algún modo, estás separado y que, en consecuencia, se te escapa. Te sientes aislado de la dulzura de la experiencia por una suerte de amortiguador sensorial. Y, cuando te das cuenta de que no estás en contacto con la vida, caes de nuevo en tu vieja realidad. Entonces el mundo asume el mismo aspecto absurdo de siempre. Es como si estuvieras en una especie de montaña rusa emocional y pa­saras la mayor parte del tiempo en el fondo, anhelando regresar a las alturas.

Pero … ¿qué es lo que funciona mal? ¿Eres tú acaso el problema? ¡No! Tú no eres más que un ser humano afectado por la misma en­fermedad que aqueja a toda nuestra especie. Hay, en nuestro interior, un monstruo que posee numerosos tentáculos: tensión crónica, falta de compasión por los demás (incluidas las personas más próximas), represión de los sentimientos y embotamiento emocional. Esta es una enfermedad que padece todo ser humano. Podemos negarla, repri­mirla e incluso erigir, para ocultarla, toda una cultura, pretendiendo que no está ahí. Por más, si embargo, que nos distraigamos, esbo­cemos proyectos, establezcamos objetivos y nos preocupemos por el estatus, lo cierto es que nunca desaparece. Debajo de cada pensa­miento y de cada percepción se oculta una vocecilla que, desde el fondo de nuestra conciencia, no deja susurramos: «No basta con eso. Necesitas más. Tienes que hacerlo mejor. Tienes que ser mejor». Se trata de un monstruo que, bajo disfraces muy diversos, se manifiesta por doquier.

Estamos en una fiesta y escuchamos, bajo las risas superficiales, el eco del miedo. La tensión se palpa en el ambiente. Nadie está real­mente relajado, sino que solo pretende estarlo. Basta con ir a un par­tido de fútbol para asistir a los estallidos irracionales de agresividad descontrolada que, de vez en cuando, sacuden a los aficionados, bajo el disfraz del entusiasmo y la lealtad al equipo. Escuchamos los gri­tos y los silbidos, y asistimos a las borracheras, las peleas y todo tipo de explosiones de egoísmo desbocado de personas que, como no es­tán en paz consigo mismas, se empeñan desesperadamente en libe­rarse de la tensión interior. Y la televisión y las canciones de moda no dejan de machacarnos con diferentes versiones de los mismos temas: celos, sufrimiento, descontento y tensión.

La vida parece una lucha continua -y, a veces, costosa- contra alternativas muy diversas. ¿Y cuál es el remedio a toda esa insatis­facción? A menudo nos quedamos atrapados en el síndrome del “si pudiera … “, Si pudiera tener más dinero, sería feliz. Si pudiera encon­trar a alguien que me quisiera de verdad, si pudiera perder 10 kilos, si pudiera tener un televisor en color, un jacuzzi, el pelo rizado, etcé­tera, sería feliz.

Pero ¿de dónde viene todo esto? Y, lo que todavía es más impor­tante, ¿qué podemos hacer al respecto? Todo tiene su origen en la condición de nuestra propia mente. Y esa condición es un conjunto profundo, sutil y penetrante de hábitos mentales, un nudo gordiano que hemos ido atando poco a poco y que solo podremos desatar del mismo modo, nudo a nudo. Podemos afinar nuestra conciencia y des­montarla, pieza a pieza, para sacar a la luz y cobrar conciencia, de ese modo, de lo que es inconsciente.

La esencia de nuestra experiencia es el cambio. El cambio es in­cesante. Instante tras instante, la vida discurre sin repetirse. El cambio es la esencia de nuestro universo perceptual. Aflora un pensa­miento en tu cabeza y, medio segundo después, desaparece y se ve reemplazado por otro que, al cabo de unos instantes, acaba también desvaneciéndose. Luego llega otro y después otro. Un sonido impac­ta en tus oídos e instantes después se ve reemplazado por el silencio. Abres los ojos y el mundo se derrama en tu interior; luego los cierras, y desaparece. Las personas llegan a tu vida y después se van. Los amigos aparecen y desaparecen y los parientes mueren. La fortuna arriba y, del mismo modo, se va. A veces ganas y, con la misma fre­cuencia, pierdes. Cambio, cambio y más cambio. El cambio es ince­sante y no existen dos momentos que sean iguales.

Y no hay, en ello, nada malo, porque esa es la naturaleza del uni­verso. Pero la cultura humana nos ha enseñado a responder a ese flujo incesante. Nos ha enseñado, por ejemplo, a categorizar las ex­periencias, a tratar de colocar cada percepción, cada uno de los mo­mentos del incesante flujo de nuestra mente, en uno de tres casille­ros mentales diferentes, a los que denominamos “bueno”, “malo” o “neutro”. Luego, según el epígrafe bajo el que hayamos clasificado nuestra percepción, reaccionamos de un determinado modo. Si la hemos etiquetado como “buena”, intentamos congelarla en el tiempo. Nos aferramos a ese pensamiento concreto, lo mimamos, lo acuna­mos y tratamos de que no se escape. Y, cuando eso no funciona, nos empeñamos en repetir la experiencia que provocó el pensamiento, un hábito mental conocido como “identificación”.

En el otro polo se halla la categoría mental “malo”. Cuando per­cibimos algo como “malo” tratamos de alejarlo, de negarlo, de re­chazarlo y, en la medida de lo posible, de desembarazarnos de ello. De ese modo, luchamos contra nuestra propia experiencia y huimos de ciertos aspectos de nosotros mismos, un hábito mental que recibe el nombre de “rechazo”.

Entre ambos extremos se sitúa la categoría de lo “neutro”, en la que colocamos aquellas experiencias que, por no ser buenas ni ma­las, se nos antojan tibias, aburridas o poco interesantes. Todas estas experiencias las ubicamos bajo el epígrafe “neutral”, para poder ig­norarlas y dirigir de nuevo nuestra atención hacia el lugar en el que discurre la acción, es decir, hacia el interminable círculo vicioso del deseo y la aversión. Así es como acabamos despojando a las experien­cias -que, en un hábito mental conocido como “ignorancia” ubica­mos en esta categoría- de la cuota de atención que les corresponde. El resultado directo de esta locura es una carrera interminable hacia ninguna parte, una búsqueda incesante de placer, una huida perma­nente del dolor y una ignorancia que acaba desinteresándose del 90% de nuestra experiencia. Y luego nos preguntamos por qué la vida nos parece tan chata cuando lo que no funciona es, en última instancia, este sistema.

 

Hay momentos en que, independientemente de lo mucho que persigamos el placer y el éxito, nuestra búsqueda fracasa. Y también hay momentos en que, por más que nos empeñemos en escapar del dolor, este acaba alcanzándonos. Y, entre ambos extremos, la vida nos resulta tan aburrida que podríamos gritar. Nuestra mente está abarrotada de opiniones y críticas. Hemos erigido, a nuestro alrede­dor, barreras artificiales y acabamos atrapados en la prisión de nues­tros deseos y de nuestras aversiones … o, dicho en otras palabras, sufrimos.

 El término “sufrimiento” es muy importante en el pensamiento budista. Se trata de un aspecto clave de la existencia que debe ser, en consecuencia, muy bien entendido. La palabra pali para designarlo es dukkha, y su significado no se limita al dolor corporal, sino que in­cluye también la profunda y sutil sensación de insatisfacción que forma parte de cada momento mental. La afirmación de que la esen­cia de la vida, según el Buddha, es sufrimiento, parece, a primera vista, morbosa, pesimista y hasta falsa. ¿No hay acaso muchas ocasiones, después de todo, en que somos felices? ¡No, no las hay, solo parece haberlas! Si observas con atención algún momento en que te sientas satisfecho descubrirás, bajo la alegría, una tensión sutil y omnipresente recordándote que, por más grande que sea, acabará desvaneciéndose. Es inevitable que, independientemente de lo mu­cho que hayas conseguido, acabes perdiendo algo, que pases el resto de tu vida empeñado en conservar lo que habías logrado o tratando de obtener más todavía. ¿Y no es verdad que, cuando mueras, perderás todas tus posesiones? ¿No es acaso todo, en última instancia, tran­sitorio. Parece desalentador, ¿no es cierto? Pero, afortunadamente, no lo es. En modo alguno. Solo parece serlo cuando lo contempla­mos desde la perspectiva de la mente ordinaria. Por debajo de ese nivel, no obstante, yace otra visión, una forma completamente dife­rente de ver el universo. Se trata de un nivel en el que la mente no se empeña en congelar el tiempo, no se aferra a la experiencia mientras discurre, ni trata de bloquear o ignorar tales o cuales cosas. Ese es un nivel de experiencia que se encuentra más allá del bien y del mal, más allá del placer y del dolor. Es una forma amorosa de percibir el mundo, una habilidad que puede ser aprendida. No es fácil, pero puede ser aprendida.

 La paz y la felicidad son las cuestiones fundamentales de la exis­tencia humana, algo que todos, en realidad, estamos buscando. A menudo resulta difícil verlo, porque ocultamos esos objetivos fun­damentales bajo capas y más capas de objetivos superficiales. Que­remos comida, dinero, sexo, diversión y respeto. Llegamos incluso a decirnos que la idea de “felicidad” es demasiado abstracta. «Mira, yo soy una persona práctica. Si tuviese el suficiente dinero, compra­ría toda la felicidad que necesito.» Desafortunadamente, sin embargo, eso es falso. Si examinas cada uno de esos objetivos, acabas descu­briendo que son superficiales.

-¿Y por qué dices que quieres comida?

Porque tengo hambre!

-¿Y qué pasa entonces con el hambre?

-Que, si como, no tendré hambre y me sentiré bien.

-¡Vaya! Así que lo que, en última instancia, te importa es “sentirte bien”.

 Lo que realmente buscas no son los objetivos superficiales. Esos no son más que medios para alcanzar un fin. Lo que realmente bus­cas es la sensación de liberación que experimentas al satisfacer ese impulso. Lo que realmente buscas es la liberación la relajación que experimentas cuando la tensión se desvanece. Lo que realmente bus­cas es la paz, la felicidad y la desaparición del deseo.

 

¿Qué es, pues, la felicidad? Para la mayoría de nosotros, la idea de felicidad perfecta consistiría en tener todo lo que queremos y con­trolarlo todo, jugar a ser César y conseguir que el mundo entero se plegase a nuestros antojos. Pero las cosas, una vez más, no funcionan así. Nadie diría que los personajes históricos que han ejercido ese tipo de poder fuesen personas especialmente felices. No estaban en paz consigo mismas. ¿Por qué? Porque se sentían impulsados a con­trolarlo todo y no pudieron hacerlo. Y es que, por más que nos em­peñemos en controlar a todo el mundo, siempre habrá alguien que se niegue a ser controlado. Esas personas poderosas jamás pudieron controlar el movimiento de las estrellas y todas ellas, en última ins­tancia, enfermaron y murieron.

 Nadie puede obtener todo lo que quiere. Resulta imposible. Afor­tunadamente, sin embargo, existe otra alternativa. Siempre puedes aprender a controlar tu mente y romper las cadenas que te atan al incesante círculo del deseo y el rechazo. Siempre puedes aprender a no querer lo que quieres, a reconocer el deseo sin verte, no obstante, atrapado en él. Y en modo alguno estamos diciendo, con ello, que debas tumbarte en el suelo y dejar que todos te pasen por encima. Lo único que queremos decir es que puedes seguir llevando una vida aparentemente normal, pero desde una perspectiva muy diferente. Es posible hacer las cosas que tienes que hacer, pero libre de la com­pulsión obsesiva de tus deseos. Quieres algo, pero no es preciso que, para alcanzarlo, pierdas el aliento corriendo. Tienes miedo, pero no por ello, debes temblar como un flan. Ese es un estado mental muy difícil de alcanzar y cuyo dominio requiere años. Pero, dado que empeñarte en controlarlo todo resulta imposible, siempre es preferi­ble lo difícil a lo imposible.

Pero, espera un momento, ¿no es, precisamente, paz y felicidad lo que la civilización trata de proporcionarnos? Construimos edifi­cios y autopistas. Tenemos vacaciones pagadas, televisores, seguri­dad social y sociedad del bienestar. Pero, por más que todo ello esté orientado hacia el logro de cierta paz y felicidad, las tasas de enfer­medad mental y delincuencia no dejan de crecer. Las calles están llenas de individuos inestables y agresivos. Basta con que saques el brazo, fuera de la seguridad de tu hogar, para tropezar con alguien dispuesto a robarte el reloj! Hay algo que no funciona bien. La per­sona feliz no roba. La persona que está en paz consigo misma no siente el impulso de matar. No es cierto, por tanto, por más veces que nos lo repitamos, que la sociedad esté aplicando el conocimiento al logro de la paz y la felicidad.

Apenas estamos empezando a darnos cuenta de la desproporción que existe entre el desarrollo de las dimensiones materiales de la existencia y el desarrollo de las dimensiones emocionales y espiri­tuales más profundas, un error por el que debemos pagar un precio muy elevado. Una cosa es hablar de la degeneración moral y espiri­tual del Occidente actual, y otra muy distinta hacer algo al respecto.

 Y el lugar en el que, en este sentido, tenemos que empezar a trabajar es dentro de cada uno de nosotros.

Si echamos un vistazo sincero y cuidadoso a nuestro interior, reconoceremos que hay momentos en que los delincuentes y los locos somos nosotros. Y, si aprendemos a contemplar de un modo atento y ecuánime esos momentos, empren­deremos el camino para dejar de ser así.

Nadie puede cambiar radicalmente la pauta de su vida mientras no se vea tal cual es. A partir de ese momento, los cambios ocurrirán naturalmente. Y no es necesario, para ello, forzar nada, luchar con nadie, ni obedecer las reglas dictadas por ninguna autoridad. Enton­ces cambiamos automáticamente, eso es todo. Pero llegar a esa com­prensión inicial requiere todo un esfuerzo, y para ello tienes que ver quién eres y cómo eres sin engaño, prejuicio ni resistencia alguna. Tienes que ver cuáles son tus deberes y obligaciones con tus seme­jantes y, por encima de todo, cuál es la responsabilidad que tienes contigo mismo como individuo que vive en sociedad. Y, por último, debes ver claramente todo eso como una unidad, una totalidad inte­rrelacionada e irreductible. Parece complicado, pero puede ocurrir en cualquier instante.

El cultivo mental desarrollado por la medita­ción no tiene parangón a la hora de ayudarte a alcanzar ese estado de comprensión y de serena felicidad.

El Dhammapada, un antiguo texto budista que se anticipó a Freud en más de un milenio, dice:

«Lo que ahora eres es el resultado de lo que fuiste. Y mañana serás el resultado de lo que hoy eres. Las con­secuencias de una mente malvada te seguirán como el carro sigue al buey que tira de él. Las consecuencias de una mente pura te acom­pañarán como si de tu sombra se tratara. Nadie, ni tus padres ni tus parientes ni tus amigos, pueden hacer por ti más que tu mente pura. Una mente disciplinada proporciona la felicidad».

El objeto de la meditación es el de purificar la mente. La medita­ción limpia el proceso del pensamiento de lo que podríamos deno­minar irritantes psíquicos -cosas como la codicia, el odio y los ce­los- que nos mantienen en un estado de esclavitud emocional. La meditación aporta a la mente un estado de tranquilidad, conciencia, concentración e introspección.

Nuestra sociedad cree en la importancia de la educación Y que el conocimiento perfecciona al ser humano. Pero la verdad es que la civilización solo nos perfecciona superficialmente. Basta con some­ter a una persona educada a las tensiones de la guerra o el colapso económico para advertir que las cosas, en realidad, son muy diferen­tes. Una cosa es obedecer la ley porque sabemos cuál es el castigo que conlleva su trasgresión, y otra muy diferente obedecerla porque hemos trascendido la codicia que nos lleva a robar y el odio que nos impulsa a matar. Si lanzas una piedra a un estanque, verás que los cambios no afectan tanto a la profundidad como a la superficie del agua. Pero, si colocas la misma piedra en el interior de un horno, verás cómo toda ella se funde, tanto dentro como fuera.

La civili­zación, en este sentido, es como la piedra lanzada al estanque que cambia superficialmente a la persona, mientras que la meditación, por el contrario, la ablanda total y completamente desde el interior.

La meditación se denomina, en ocasiones, el gran maestro, por­que es el crisol de una purificación que opera, de modo lento pero seguro, a través de la comprensión. Cuanto mayor es la comprensión, mayor la flexibilidad, la tolerancia y la compasión. Entonces te con­viertes en el padre perfecto o en el maestro ideal que siempre está dispuesto a olvidar y perdonar. Sientes amor por los demás porque los entiendes, y los entiendes porque, mirando profundamente en tu interior y descubriendo tus fracasos y los mil modos en que te enga­ñas, has aprendido a entenderte a ti mismo.

Es el descubrimiento de tu propia humanidad el que te enseña a amar y perdonar.

Por eso, cuando aprendes a ser compasivo contigo mismo, también lo eres automáticamente con los demás. El meditador avanzado logra una comprensión profunda de la vida que, inevitablemente, le lleva a tra­tar a todo el mundo con un amor profundo y despojado de crítica.

La meditación se asemeja al cultivo de una tierra virgen. Lo pri­mero que tienes que hacer, para convertir un bosque en un huerto, es cortar los árboles y arrancar los tocones. Luego tienes que labrar la tierra, fertilizar el suelo, sembrar y recoger finalmente la cosecha. Para cultivar, del mismo modo, tu mente debes empezar arrancando los diferentes agentes irritantes que obstaculizan tu camino, para que no vuelvan a crecer. Después deberás fertilizar adecuadamente tu mente, suministrándole la energía y disciplina necesarias. Luego deberás sembrar las semillas y cosechar finalmente los frutos de la fe, la moralidad, la atención y sabiduría.

La fe y la moralidad tienen, en este contexto, un significado muy especial. El budismo no aboga por una fe entendida como creencia en algo escrito en un libro atribuido a un profeta o transmitido por una figura de autoridad. La fe de la que habla el budismo se asemeja mucho más a la confianza. Consiste en saber que algo es cierto porque lo he­mos visto funcionar en nosotros. La moralidad, del mismo modo, no consiste en la obediencia a un ritual o a un código de conducta im­puesto por alguna autoridad externa. Se trata, por el contrario, de una pauta de hábitos sanos que elegimos, de manera consciente y volunta­ria, porque los reconocemos superiores a nuestra conducta habitual.

El objetivo de la meditación consiste en la transformación personal.  El “yo” que inicia la experiencia meditativa no es el mismo “yo” que la concluye. La meditación modifica el carácter a través de un proceso de sensibilización que nos hace más profundamente cons­cientes de nuestros pensamientos, palabras y actos. La meditación reseca el antagonismo y disipa la arrogancia. Entonces tu mente se torna más serena y tranquila y tu vida se asienta. Por eso la medita­ción, bien realizada, te prepara para enfrentarte a los altibajos de la existencia. Reduce tus tensiones, tus miedos y tus preocupaciones. Y, cuando la inquietud se retira y la pasión se atempera, las cosas empiezan a ocupar el lugar que les corresponde y la vida deja de ser una lucha para empezar a convertirse en una danza. Y todo ello se debe a la comprensión.

 La meditación agudiza la concentración y el poder del pensa­miento. Gradualmente van poniéndose entonces de relieve tus moti­vos y mecanismos subconscientes. Tu intuición se agudiza. La pre­cisión de tu pensamiento crece y acabas logrando, más allá de todo prejuicio y engaño, el conocimiento directo de las cosas tal cual son.

¿No son, todas estas, razones suficientes para empezar a meditar?

Difícilmente. No son más que promesas escritas en un papel. Solo hay un modo de saber si la meditación merece realmente la pena, aprenderla y llevarla a la práctica. Compruébalo por ti mismo.

 

 

 Extraído del libro “El libro del Mindfulness” de Bhante Henepola Gunaratana

 

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