La Madurez Espirtual II: “El No-idealismo”

La espiritualidad madura no se basa en buscar la perfección, o en conseguir un sentido de pureza imaginario. Se basa sencillamente en la capacidad de soltar y de abrir el corazón a todo ello.

El corazón maduro no es perfeccionista: se apoya más en la compasión de nuestro ser que en los ideales de la mente. La espiritualidad no-idealista no busca un mundo perfecto; no busca perfeccionarnos a nosotros mismos, nuestros cuerpos, nuestras personalidades. No es romántico con relación a maestros o a una iluminación basada en imágenes de intensa pureza de algún ser especial exterior. Por lo tanto, no busca en la vida espiritual ganar o alcanzar, sino solo amar y liberarse.

La frustración de buscar la perfección se ve ilustrada por una historia de Mullah nasrudin. Un día, en el mercado, se encontró con un viejo amigo que estaba a punto de casarse. El amigo preguntó a Mullah si había pensado alguna vez en casarse. Nasrudin replicó que hace años había querido casarse y se había dispuesto a buscar a la mujer perfecta. Primero viajó a Damasco, donde encontró una bella y graciosa mujer, pero descubrió que carecía de aspectos espirituales. Luego, sus viajes le llevaron a la lejana Isfahan, donde conoció a una mujer muy espiritual y, a  su vez, integrada en el mundo y bella, pero por desgracia, no se comunicaban muy bien. “Finalmente la encontré en el Cairo” dijo, “era la mujer ideal, espiritual, graciosa y bella, integrada en el mundo, perfecta en todos los sentidos.”. “Bien, preguntó el amigo, “¿te casaste con ella? “No” contestó Mullah, “por desgracia, buscaba al hombre perfecto.”

La espiritualidad madura no se basa en buscar la perfección, o en conseguir un sentido de pureza imaginario. Se basa sencillamente en la capacidad de soltar y de abrir el corazón a todo ello. Sin ideales, el corazón puede convertir el sufrimiento y las imperfecciones que nos encontramos en camino de compasión. En esta práctica no idealista, lo divino puede brillar incluso en actos que son fruto del miedo y de la ignorancia, invitándonos a la maravilla y al misterio de todo lo que existe. En ello no hay crítica ni culpa, puesto que no buscamos perfeccionar el mundo, sino perfeccionar nuestro amor hacia aquello que existe en el mundo. Thomas Merton lo veía del siguiente modo:

 Luego fue como si de repente viera el secreto de la belleza de sus corazones, las profundidades que ningún pecado ni deseo podrían alcanzar, la persona que cada uno es en el ojo de Dios. Si solamente pudieran verse a sí mismos tal como son. Si sólo pudiéramos vernos los unos a los otros de este modo, no habría razones para la guerra, para el odio, para la crueldad… Supongo que el mayor problema sería que nos adoraríamos los unos a los otros.

 

Extraído del libro “La Sabiduría del Corazón” de Jack Kornfield

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