¿Tienes tendencia a Criticar?

 

“Si necesitas recibir halagos y palmaditas en la espalda de todo el mundo, estás convirtiendo a todo el mundo en tu juez particular”, Fritz Perls

Las críticas son afiladas como dagas y certeras como flechas. Unas atacan de frente, otras nos sorprenden por la espalda. Cuando dan en el blanco tienen la habilidad de provocar profundas heridas, de las que en vez de sangre, brotan todo tipo de emociones. Todos hemos sentido su afilado aguijón. Nuestro pulso se acelera. El rubor tiñe nuestras mejillas y colorea nuestras orejas. Nos invaden la ira, la vergüenza, la impotencia, la inseguridad, la imperiosa necesidad de rebatir…un auténtico tsunami emocional que puede resultar terriblemente devastador. No en vano, las críticas suelen atacar directamente a nuestra identidad, a nuestra credibilidad, a nuestro estilo de vida o a nuestras creencias más arraigadas. Y tienen la mala costumbre de enquistarse en nuestro interior, saboteando nuestras conductas y nuestras relaciones. De ahí la importancia de aprender a analizarlas y a gestionarlas de manera más constructiva.

Las críticas son tan versátiles como un camaleón. Incluso hay empleos dedicados íntegramente a su perfección, difusión y disfrute. Se trata de una actividad tan aceptada como aplaudida socialmente. Somos adictos a dar nuestra opinión, y esta tendencia tan generalizada da forma a nuestra realidad. Cuando algo no se ajusta a nuestra manera de ver las cosas, lo despreciamos a base de lengua viperina. En muchas ocasiones, no es más que envidia mal encubierta, o una forma de distraer la atención. En otras, un hábito que adquiere la categoría de malsano. Los críticos son maestros del cuchillo y amantes de la disección, y en un momento u otro, todos hemos encarnado ese rol. Incluso puede que hayamos disfrutado con ello.

Pero lo único que evidencian las críticas excesivas son, en compañía, la falta de conversación sustancial. Y en el cara a cara, la imposibilidad de aceptar, asumir, comprender, respetar o apoyar una manera de hacer las cosas que no se corresponde con nuestra larga lista de ‘debería’, ‘tendría que’ y ‘se supone’.

Eso sí, solemos considerar que las que nosotros proponemos son ‘constructivas’. Todas las que recitamos a nuestros hijos, a nuestros padres, a nuestros amigos, a nuestros compañeros de trabajo… ¿Pero realmente merecen esa definición? Tal vez sea el momento de preguntarnos ¿Para qué sirven? ¿Qué resultados obtenemos con ellas? ¿A dónde nos conducen? Y, tal vez lo más importante: ¿En qué persona nos convierten?

“Lo que condenas de los demás suele ser lo que rechazas de ti mismo”, Sigmund Freud

A pesar de sus consecuencias tóxicas, la crítica también cumple una importante función. Su objetivo principal consiste en emitir una valoración tras el análisis o estudio de una situación o conducta determinada. Y es precisamente este proceso el que nos ayuda a construir nuestro propio criterio. Así, la crítica tiene un papel clave en nuestro desarrollo como seres humanos. Resulta tan útil como necesaria. El problema radica en que no nos solemos limitar a hacer una valoración determinada. Necesitamos verbalizarla, compartirla, tratar de que la otra persona acepte o reconozca que tenemos ‘la razón’ en nuestro análisis.

De un modo u otro, tratamos de validar nuestro criterio con la opinión –o la rendición– ajena.

Se trata de una inercia adictiva, y no son pocos quienes ejercen la crítica como un modo de imponer su criterio a los demás. La paradoja reside en que suelen ser precisamente estos adictos a la crítica quienes tienen menos tolerancia a una dosis de su propia medicina. Las personas más susceptibles y, por lo tanto, más vulnerables al juicio ajeno, son por lo general las que menos se aceptan a sí mismas. A nivel consciente –o inconsciente– rechazan partes de su psique o personalidad, y por lo tanto es mucho más fácil que se sientan identificados o heridos ante cualquier crítica. Incluso cuando ésta se autodefine como ‘constructiva’. Al fin y al cabo, una crítica ‘constructiva’ no es más que un juicio de valor cuya ‘intención’ es ayudar a quien lo recibe. Así, el elemento que diferencia una crítica ‘constructiva’ de una ‘destructiva’ es fundamentalmente la intención o motivación con la que se formula. Pero si no trabajamos la forma en la que expresamos esa crítica la intención pasa a un invisible segundo plano, dando cabida a infinidad de malentendidos e interpretaciones erróneas.

De ahí la importancia de cuidar las palabras que utilizamos. Incluir fórmulas del tipo: ‘En mi opinión’, ‘Si me permites la observación’ o ‘Te invito a que valores la posibilidad de’ maximizando el respeto y minimizando las expresiones absolutistas, siempre resulta un buen comienzo.

Pero la clave reside en atrevernos a cuestionar nuestras intenciones antes de formular esa crítica que guardamos en la recámara.

En primer lugar, si no nos han pedido ayuda o no nos preguntan nuestra opinión, tenemos que ser conscientes de que entramos en terreno pantanoso. Y si optamos por seguir adelante, vale la pena preguntarnos si la planteamos porque queremos ayudar a esa persona… o porque queremos que esa persona se comporte de la manera que nosotros creemos que es mejor para ella. Al fin y al cabo, lo que creemos que es ‘bueno’ o ‘mejor’ para nosotros no tiene por qué serlo también para los demás, incluyendo nuestros allegados. Así, invitar a la reflexión o compartir puntos de vista puede ofrecernos resultados constructivos, pero menguar la confianza ajena sancionando verbalmente cualquier conducta o actitud que no encaja en nuestro patrón queda lejos de ayudar a nadie a cambiar nada.

Llegados a este punto, tal vez resulte útil recordar cómo nos hemos sentido y de qué manera hemos respondido cuando hemos sido el objeto de alguna crítica. Por norma general, las que más nos afectan son las que nos dan las personas que más valoramos.

Entonces, ¿Cuál es la mejor manera de gestionarlas? Y ¿En qué trampas emocionales solemos caer?

Uno de los aspectos clave en la gestión de las críticas es lo que se suele llamar ‘identificación’. Podemos estar en desacuerdo con el criterio o la manera de actuar de una persona, pero eso no significa necesariamente que estemos en desacuerdo con esa persona como ser humano.

Lamentablemente, solemos estar tan ‘identificados’ con lo que hacemos y decimos que a menudo olvidamos que somos mucho más que conductas puntuales y actitudes pasajeras.

De ahí que reaccionemos con virulencia ante cualquier crítica. En última instancia, “lo que sucede es lo que es y lo que hacemos de ello es lo que somos”.

“Cuando señalas a alguien con un dedo, recuerda que los otros tres dedos te están apuntando a ti”, Anónimo

Lo cierto es que cuando una crítica nos afecta es porque le damos valor. De un modo u otro estamos admitiendo que aquello que nos están diciendo es verdad, una verdad dolorosa. Si no lo fuera, sencillamente lo dejaríamos pasar, o lo desmentiríamos, pero no nos veríamos arrastrados por la emoción como un madero en la tormenta. Si nos atrevemos a hacer un ejercicio de honestidad, veremos que somos nosotros mismos quienes ‘decidimos’ hacernos daño con las palabras ajenas. Resulta una lección tan liberadora como difícil de aprender. Está en nuestras manos dejar de vivir a merced de las críticas de los demás y empezar a invertir en confianza, el único valor que suma en seguridad.

Eso no significa renunciar a tener en cuenta el criterio de los demás. Simplemente es una invitación a tomar perspectiva. A dejar de vivir a la defensiva, instalados en la búsqueda de imperfecciones ajenas –con la esperanza de obviar las propias– y empezar a mirarnos más al espejo. Al fin y al cabo, hay una forma de crítica que nos ayuda a cultivar la tolerancia y el respeto: la autocrítica. Tal vez si nos recordásemos de vez en cuando nuestras propias áreas de mejora, seríamos más flexibles con los errores o conductas supuestamente reprobables de los demás.

Todo lo que existe en este mundo es susceptible de ser criticado. Posiblemente, lo haya sido en un momento u otro de la historia.

Si el objetivo que perseguimos con nuestras críticas es que la situación, las circunstancias o los demás cambien, tal vez valga la pena recordar que en última instancia, la mejor manera de inspirar es a través del ejemplo.

Podemos centrarnos en transformarnos a nosotros mismos…o dedicarnos a vivir en la rigidez estéril de la crítica, tratando de transformar lo que nos rodea.

En clave de coaching
¿Qué me lleva a criticar a otros?
¿Qué beneficios me aporta criticar?
¿Qué dicen mis críticas de mi?

Libro recomendado
‘El poder de la palabra’, de Robert Dilts (Urano)

© Extracto del artículo publicado en el suplemento de La Vanguardia ‘Estilos de Vida’ (ES)  Por Irene Orce

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