MADUREZ ESPIRITUAL I

 

A medida que maduramos en la vida espiritual nos sentimos más cómodos con las paradojas, más apreciativos con las ambigüedades de la vida, sus muchos niveles y conflictos inherentes. Desarrollamos un sentido por la ironía de la metáfora, el humor y la capacidad de abrazar el todo, con su belleza y furia, en la gracia del corazón.

 

Los frutos caen de los árboles de un modo natural cuando están  maduros. En la vida espiritual, a su debido tiempo el corazón, como un fruto, empieza a madurar y a dulcificarse. Nuestra práctica pasa del fuerte y verde crecimiento del buscar, desarrollarnos y mejorarnos a nosotros mismos, a descansar en el misterio. Varía de confiar en la forma a descansar en el corazón. Una joven que había luchado mucho durante lo numerosos años de su práctica frente a las dificultades familiares y la iglesia fundamentalista a la que pertenecían sus padres, escribió:

 “Mis padres me odian cuando soy budista, pero me adoran cuando soy Buda”

 Madurar espiritualmente es soltar los modos rígidos e idealistas de ser y descubrir la flexibilidad y alegría en nuestra vida. A medida que se desarrolla la madurez, ésta proporciona amor al corazón. La comodidad y la compasión se convierten en nuestro movimiento natural. El taoísta Lao Tzu celebraba este espíritu cuando escribió:

 Aquella que está centrada en el tao puede ir donde quiere sin peligro. Percibe la armonía universal, incluso en medio de grandes dolores, puesto que ha hallado la paz en su corazón.

 Cuando la espiritualidad oriental empezó a ser popular en América, en la década de los años sesenta y los años setenta, su práctica fue inicialmente idealista y romántica. La gente intentaba utilizar la espiritualidad para “colocarse” y experimentar estados de consciencia extraordinarios. Existía la creencia en gurús perfectos y enseñanzas completas y maravillosas que, al ser seguidas, conducirían a la iluminación total y a cambiar el mundo. Se trataba de las cualidades imitativas y autoabsorbentes que Chogyam Trungpa denominaba “materialismo espiritual”. Al acoger los rituales, las costumbres y la filosofía de las tradiciones espirituales, la gente intentaba huir de sus vidas cotidianas y convertirse en seres más espirituales.

A los pocos años, se hizo evidente para la mayoría de las personas que estar “alto” no duraba siempre y que la espiritualidad no era abandonar nuestra vida para conseguir una existencia en un plano excelso y lleno de luz.

Descubrimos que la transformación de la consciencia exigía mucha más práctica y disciplina de la que habíamos imaginado en un principio. Empezamos a ver que la vía espiritual nos exigía más de lo que parecía ofrecer. A partir de las visiones románticas de la práctica, la gente empezó ..

…a despertar y a darse cuenta de que la espiritualidad exigía dirigir una mirada honesta y valiente a las situaciones reales de nuestra vida, nuestra familia de origen y nuestro lugar en la sociedad.

Individualmente y en comunidad, al crecer la sabiduría y mediante experiencias que nos desilusionaron, empezamos a abandonar las nociones idealistas de vida espiritual y comunidad como modo de huir del mundo o salvarnos a nosotros mismos.

Para la mayoría de nosotros, este cambio se ha convertido en el fundamento de un trabajo intelectual más profundo, integrado y sabio. Un trabajo que incluye relaciones correctas, una vida correcta, una palabra correcta y las dimensiones éticas de la vida espiritual. Este trabajo ha exigido acabar con la fragmentación.

Una comprensión de que cualquier cosa que queramos poner en la sombra o eludir, finalmente será incluido en nuestra vida espiritual;

…que nada puede dejarse de lado. La espiritualidad se ha convertido más en algo acerca de lo que somos, que sobre el ideal perseguido.

La espiritualidad ha pasado de ir a India o Tíbet o el Machu Pichu, a volver a casa.

Este tipo de espiritualidad esta llena de gozo e integridad; es, a la vez, ordinaria y despierta. Esta espiritualidad nos permite relajarnos en la maravilla de la vida.

Esta espiritualidad madura permite que la luz de lo divino brille a través nuestro.

Extraído del libro “Camino con corazón” de Jack Kornfield

 

 

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