¿Quién Soy yo? El proceso de construcción del YO

 

 El verdadero valor de un ser humano depende, fundamentalmente, de en qué medida y en qué sentido ha logrado liberarse del yo. ALBERT EINSTEIN, Mi visión del mundo

 

Yo, mi y mío son productos de nuestro pensamiento. Tenemos la inevitable e incorregible tendencia a construir un yo, un mi y un mío a partir de prácticamente todo y de todas las situaciones y a funcionar en el mundo a partir de esa perspectiva limitada que, en gran parte, no es otra cosa que fantasía y defensa. Apenas transcurre un instante sin que esto no suceda, forma tanto parte de nuestro mundo que pasa completamente inadvertido, de modo muy similar a lo que le ocurre al pez que no sabe qué es el agua porque está inmerso en ella. Podemos ver esto por nosotros mismos con gran facilidad, tanto durante la meditación en silencio como observando un fragmento de cinco minutos de nuestra vida. A partir de todo momento y experiencia, nuestra mente pensante construye mi momento, mi experiencia, mi hijo, mi hambre, mi deseo, mi opinión, mi camino, mi autoridad, mi futuro, mi conocimiento, mi cuerpo, mi mente, mi casa, mi tierra, mi idea, mis sentimientos, mi coche, mi problema.

Si observamos este proceso de construcción continua del yo con una atención prolongada y un espíritu de investigación, veremos que lo que llamamos yo es en realidad una elaboración de nuestra propia mente, una elaboración que, además, no es permanente. Si buscamos con profundidad un yo estable e indivisible, un yo fundamental subyacente a nuestra experiencia, lo más probable es que no encontremos nada aparte de pensamientos. Podríamos decir que somos nuestro nombre, pero esto no es exactamente así. Nuestro nombre no es más que una etiqueta. Lo mismo ocurre con la edad, con el sexo, con nuestras opiniones, etc. Nada de todo esto es fundamentalmente lo que somos.

Cuando investigamos de este modo, con tanta profundidad que podemos ir siguiendo el hilo hasta llegar a saber quiénes somos o qué somos, lo más seguro es que descubramos que no hay ningún lugar sólido donde aterrizar. Si nos preguntamos: ¿Quién es el yo que está preguntando quién soy?, llegamos a la conclusión de que no lo sabemos. El yo aparece simplemente como una elaboración que es conocida por medio de sus atributos, ya sea tomado de forma individual o junto con los demás, constituye realmente la totalidad de la persona. Además, la elaboración del yo tiene tendencia a disolverse y a volverse a construir continuamente, prácticamente momento a momento. También tiene muchísima tendencia a sentirse menoscabada, pequeña, insegura e inestable, principalmente, porque su existencia carece de una base sólida. Esto no hace sino exacerbar la tiranía y el sufrimiento que van asociados a la inconsciencia de lo muy atrapados que estamos en el yo, mi y mío.

Además, existe el problema de las fuerzas externas. El yo tiende a sentirse bien cuando las circunstancias externas refuerzan su creencia en su propia bondad y mal cuando se tropieza con la crítica, las dificultades y lo que percibe como obstáculos y derrotas. Esto puede explicar la baja autoestima que tienen muchas personas. En realidad, no estamos familiarizados con este aspecto elaborado de nuestro proceso e identidad. Esto hace que nos resulte fácil perder el equilibrio y sentirnos vulnerables y carentes de importancia si no nos sentimos reforzados y apoyados en nuestra necesidad de aprobación o de sabernos importantes. Es muy probable que tratemos de conseguir una estabilidad interior por medio de recompensas externas, de posesiones materiales y de las personas que no aman. De este modo perpetuamos la elaboración del yo. Sin embargo, a pesar de toda esta actividad que va generando un yo continuamente, es muy posible que no logremos tener una sensación de estabilidad duradera en nuestro ser ni una sensación de calma en la mente. Los budistas dirían que esto se debe a que no existe un yo absoluto y separado, sino simplemente el proceso de construcción continua del yo. Si pudiésemos reconocer el proceso de construcción del yo como un mero hábito arraigado y, ante esto, darnos el permiso de tomarnos un día libre, de dejar de tratar de ser alguien por todos los medios para simplemente experimentar el hecho de ser, probablemente seríamos mucho más felices y estaríamos mucho más relajados.

Esto no significa, por cierto que tengamos que “ser alguien antes de no ser nadie”. Ésta es una de las grandes distorsiones que ha hecho de la práctica meditativa la Nueva Era, según la cual uno debería tener un fuerte sentido del yo antes de explorar la vacuidad del no yo. No  yo, no significa no ser nadie. Lo que significa es que todo es interdependiente y que no hay un yo fundamental independiente y aislado. Sólo somos yo con relación  a todos los otros acontecimientos y fuerzas del mundo, incluidos nuestros padres, nuestra infancia, nuestros pensamientos, nuestras emociones, los acontecimientos externos, el tiempo, etc. además, ya somos alguien, sea lo que sea. Somos quienes ya somos. Pero quienes somos no es nuestro nombre, ni nuestra edad, ni nuestra infancia, ni nuestras creencias, ni nuestros temores. Todo esto forma parte de ello, pero no es el todo.

Así pues, cuando hablamos de no tratar de ser alguien por todos los medios y de experimentar simplemente el hecho de ser, de forma directa, nos referimos a que empezamos donde nos encontramos ahora, y que aquí es donde trabajamos. La meditación no consiste en tratar de convertirnos en nadie, ni tampoco en un zombi contemplativo incapaz de vivir en el mundo real ni de enfrentarse a los problemas. Consiste en ver las cosas tal cual son, sin las distorsiones de nuestro proceso de pensamiento. Parte de esto radica en percibir que todo está interconectado y que, si bien nuestro sentido convencional de tener un yo resulta útil en muchos sentidos, no es real o sólido o permanente en términos absolutos. Así pues, si dejamos de intentar convertirnos en más de lo que somos debido al miedo a ser menos de lo que somos, quienquiera que seamos en realidad será mucho más feliz y se sentirá más ligero, y también será alguien con quien resultará más fácil convivir.

Podríamos empezar tomándonos las cosas de un modo menos personal. Cuando ocurra algo en su vida, intente verlo de un modo menos focalizado en el yo, aunque sea sólo para divertirse. Tal vez lo que ocurrió simplemente ocurrió. Tal vez no iba dirigido a usted. En tales momentos, observe su mente. ¿Esta cayendo en el “yo esto y yo aquello”? Pregúntese: ¿Quién soy? O ¿Qué es este yo que se erige en dueño y señor?

La conciencia puede ayudar a compensar el proceso de construcción del yo y a reducir su impacto. Note también que el yo no es algo permanente. Todo aquello a lo que intentamos agarrarnos con relación al yo se nos escapa. No lo podemos agarrar porque está continuamente cambiando, desintegrándose y volviéndose a construir, siempre de un modo ligeramente diferente, dependiendo de las circunstancias del momento. Esto convierte el sentido del yo en lo que, en la teoría del caos, recibe el nombre de atractor extraño, es decir, en un patrón que encarna orden pero que al mismo tiempo es impredeciblemente desordenado. Nunca se repite a sí mismo. Siempre que miramos, es ligeramente distinto.

Llegar a ver la naturaleza escurridiza de ese yo que hasta ahora parecía algo concreto, permanente e inmutable resulta esperanzador. Significa que podemos dejar de tomarnos a nosotros mismos tan tremendamente en serio y liberarnos de la presión de que los detalles de nuestra vida personal sean el centro del universo. Al reconocer y soltar una y otra vez el impulso de construir  un yo, dejamos un poco más de espacio al universo para que haga que sucedan cosas. Puesto que formamos parte del universo y participamos en su despliegue, éste deferirá a cualquier exceso de actividad centrada en el yo –como la autocomplacencia, la autocrítica, la falta de seguridad en uno mismo y la ansiedad- por nuestra parte y hará que el mundo ilusorio creado por nuestro pensamiento egocéntrico parezca muy real.

Extraído del libro “Mindfulness en la vida cotidiana” de Jon Kabat Zinn

 

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