El Sabor de la Impermanencia: el balanceo vital

 

¿Cómo alcanzar la ecuanimidad y el equilibrio suficiente como para surcar por las inestables aguas de la vida?

El mundo es absolutamente perfecto, incluida nuestra insatisfacción y nuestros intentos por cambiarlo. Tradición Himaláyica

EL ANILLO

Sobre la colina de un lejano reino se hallaba un castillo de cúpulas doradas, donde el Rey ejercía su labor y administraba la comarca. Y aunque poseía fama de justo y se le reconocía generosidad y grandeza, sin embargo, era de todos sabido que tenía un gran problema: El Rey se había desconectado de su propio centro interior y no lograba poseer la llave del equilibrio y de la paz perfecta.

Sucedía que su reino, a lo largo de los años, o bien sufría grandes sequías o bien disfrutaba de generosas cosechas. Y aunque el Rey sabía y conocía este cíclico vaivén, no podía evitar la negatividad y la amargura que lo invadía en los tiempos de sequía, ni la arrogante exaltación que lo inundaba en los ciclos de riqueza. Debido a ello, el Monarca mantenía en el fondo de su corazón una obstinada búsqueda:

La búsqueda de la ecuanimidad perfecta.

Un día de sol en la plaza más importante de la comarca, mientras los mercaderes ofrecían animosamente las sedas traídas desde tierras lejanas, estalló de pronto, el afilado sonido de las trompetas reales que acallaron súbitamente el vocerío de la gran plaza. El Rey se disponía a pronunciar la declaración más importante de su vida, y para tan fausto motivo convocaba a todos aquellos embajadores y viajeros… que tuvieran “oídos para oír”.

El Bando decía así: “Su majestad el Rey invita a todos y cada uno de sus súbditos a construir un anillo para el dedo real. Se tratará de un anillo tan especial que en su misma forma deberá inspirar en su portador, tanto la moderación y sensatez en los tiempos de grandeza, como la confianza y la esperanza en los tiempos de escasez y nieblas espesas. De esta forma, su majestad alcanzará un equilibrio tal, que está dispuesta a ceder a cambio, la mitad de su reino”.

Tras esta proclama, redoblaron los tambores y sonaron las doce trompetas de oro y plata. Las gentes allí reunidas creían estar soñando… ¡Todo su reino! ¡Qué valioso debía ser algo semejante!

Los mensajeros partiendo a galope por los ocho senderos de la rosa de los vientos, despertaban a su paso el genio creador de magos y artistas que se disponían a devolver a su Majestad la vivencia del equilibrio supremo.

Con el paso del tiempo, fueron llegando a Palacio diferentes orfebres que, esperanzados presentaban el anillo mágico por ellos realizado, de manera que el Monarca pudiera comprobar el alcance de su poder. Sin embargo, aunque había piezas de extraordinaria intención y belleza, nadie conseguía equilibrar la marea emocional que su Majestad padecía.

Un día, aparentemente como todos, se presentó en la Corte un caminante con porte de guerrero, alma de sacerdote y palabra de mago. Se trataba de un ser que sabía silbar de tal forma que los ecos de su sonido llegaban hasta los confines más alejados del reino. Pronto, se supo que el recién llegado portaba el anillo que solicitaba su Majestad. Visto lo cual, las puertas del Palacio se abrieron de nuevo para acceder a la Real Presencia.

Mientras avanzaba hacia la cámara real, sus silbidos resonaban por entre las vidrieras de las torres de aquel castillo. Se diría que estaba llegando el que sellaría su rango y sabiduría junto al trono, pensaban los que con él se cruzaban.

“Majestad”- dijo el recién llegado. -“He construido el anillo que podréis mirar en los momentos de máxima intensidad, tanto de pena como de gloria y, que sin duda, os ayudará a recordar lo que deseáis. Tomad”- dijo entregando su obra.

El Rey tomó el pequeño objeto envuelto en terciopelo púrpura y lo observó con una curiosidad no exenta de cierta desconfianza. Al contemplarlo, su rostro se iluminó y sonrió complacido. Súbitamente, se vio envuelto en un bienaventurado resplandor y exclamó sereno a todos los presentes:

“El Rey ha encontrado la clave que estaba buscando. El Rey ha comprendido el secreto de las eternas mutaciones y cede su reino visible porque está preparado para emprender el Camino, sin sentirse afectado por los vaivenes y ciclos del destino”.

Todos estaban intrigados acerca de aquel mágico anillo que había hechizado al Rey; ¿qué tendrá ese extraño aro que logra recordar a su majestad lo que tanto ha necesitado para superar los dolores y las alegrías de su reino?

El Rey levantado la mano y mostrándolo finalmente a los presentes, dijo: “Como veis, es un anillo aparentemente como todos, sin embargo en su interior figura una escondida inscripción que lo hace único y mágico”.

“¿Cuál es?”, preguntaron inquietos los presentes.

“Muy simple”, dijo el Rey: “El anillo tiene grabadas tres palabras tan cargadas de significado que me permitirán recordar la Ley de la Impermanencia. Esta tres palabras son:”

ESTO TAMBIÉN PASARÁ

REFLEXIONES

¿Cree alguien todavía que su actual estado físico, emocional o mental va a durar?

¿Creemos que lo que en este instante sentimos va a permanecer?

Sabemos que el Universo del que formamos parte está en permanente movimiento y expansión, y con él todos sus cuerpos y criaturas.

Y si algo parece claro en la realidad que experimenta el actual ser humano es la impermanencia de los fenómenos. Un principio que declara que toda partícula en el Universo y, por consiguiente, toda percepción de la misma está sometida al cambio constante.

Desde esta perspectiva, ¿sirve de algo el hecho de aferrarse a cualquier estado mental o emocional? ¿puede uno tomar como definitiva cualquier “forma” que adopte la satisfacción o la frustración?

Y si algo tiene que tener claro la persona que sufre es que su estado emocional pasará. Pasará hacia otros ciclos y estados… a otras ondas y espirales.

Sólo el cambio perdura.  Heráclito

Y de la misma forma, cuando un sujeto experimenta euforia conviene que sea consciente de la inmediatez e infinitud de ese efímero momento presente en el que está sucediendo lo que parece producir dicha emoción. Aspecto que, por otra parte, no debe mermar ni un ápice, la intensidad y calidad de la misma.

¿Cómo alcanzar la ecuanimidad y el equilibrio suficiente como para surcar por las inestables aguas de la vida?

¿Cómo mantener la estabilidad de un yo que enfrenta la constante transformación?

Una de las claves más sabias para mantener la ecuanimidad, señala a la propia identificación con nuestra consciencia Testigo. Se trata de un punto inmóvil desde el que se puede “observar” a nuestra mente en sus múltiples cambios. La conciencia Testigo o “darse cuenta” es una capacidad que se despierta con el crecimiento evolutivo del ser humano y cuya función, entre otras, consiste en crear una distancia con el objeto observado.

Recuerda: no eres la charla que oyes en tu cabeza. Eres el Testigo que oye esa charla.  Bill Harvey

Para entender mejor el funcionamiento de nuestro nivel de consciencia-testigo conviene asociar dicha función con la figura del espectador de uno mismo. Y dado que “el espectador no es el espectáculo”, sucede que cuando la Identidad-Testigo observa la noria de los propios estados mentales, se produce la separación suficiente como para devenir capaces de contemplar, sin por ello convertirnos o identificarnos en lo que vemos.

Se trata de hacer conscientes nuestros estados emocionales desde el Sujeto o Yo Primordial que, de manera permanente, contempla lo observado.

Para conocer su mente deberá situarse más allá de su propia mente. Nisaragdatta

La figura del Péndulo puede muy bien reflejar la realidad del mencionado Testigo y los estados mentales. Veamos: En un péndulo se pueden diferenciar dos niveles. Por una parte, existe el punto desde el que el péndulo arranca; un vértice elevado e inmóvil que, como ecuánime testigo, simplemente observa inafectado. Por otra parte, el área inferior, propiamente pendular que oscila en ida y vuelta, y que, en este caso, representa los estados mentales en cambio constante.

Mientras que la parte alta del citado péndulo representa la neutralidad imperturbable del sujeto Primordial, es decir la Identidad Esencial que somos y desde la que anhelamos ser y vivir, la parte baja por el contrario, representa las percepciones del mundo que configuran nuestra propia realidad emocional y mental que no cesan de evolucionar y transformarse

En realidad, no conviene colocar el punto de referencia en lo que siempre está oscilando y cambiando.

El Ser no se identifica con el fracaso ni el éxito. Aprenda de ambos y vaya más allá. Nisargadatta

Para lograr estabilidad emocional conviene centrarse en el sólido anclaje de lo que permanece inalterable y que, permanentemente, activa un “darse cuenta”. Es decir, el Observador.

La mencionada acción del “darse cuenta”, o bien dicho de otra forma, “devenir consciente” es algo que nada tiene que ver con el hecho de “pensar”, sino más bien con el hecho de “contemplar”.

Y realmente, a poco que uno investigue comprobará que el mencionado hecho de contemplar es diferente del pensar. Contemplar es una experiencia de atestiguación que por su propia naturaleza no opina ni interviene, ni prefiere, ni juzga. Se trata simplemente de una experiencia de neutra observación. Cuando somos conscientes de lo que está haciendo la mente pensante, es decir, cuando nos damos cuenta de que ella compara, opina, prefiere, procesa, asocia etc, no estamos “siendo” la mente, sino los observadores de la mente.

El camino de la libertad consiste en desviar el énfasis de la persona superficial y variable, al Testigo interior y siempre presente. Nisargadatta

De hecho, la Meditación es una práctica de atención mediante la que se desarrolla el centro observador desde el que instalarse en la travesía del vivir. Cuando uno se ha ejercitado en dicha práctica, logra desapegarse del espectáculo que su mente recrea y esa “distancia” le permite mantener el sosiego sin perder calidad, ni intensidad en las lágrimas y las risas que su psicocuerpo tengan a bien hacer brotar.

La templanza emocional y la no reactividad ante los estímulos externos brotan de una mente suficientemente observada que moviliza propuestas desde dentro hacia fuera y no al revés.

¿Qué logró el Rey del cuento al enfrentar los altibajos del Reino y hacerse consciente de que “ESTO TAMBIEN PASARÁ”?

La verdadera felicidad no puede encontrarse en las cosas que cambian y pasan. El placer y el dolor se alternan inexorablemente. Nisargadatta

Con este recordatorio sostenido, se supone que El Rey logrará “observar” sus estados emocionales y con ellos constatar la impermanencia de los mismos. Sólo las mentes infantiles o inmaduras al percibir el mundo físico, creen en el “siempre” y en el “nunca”, en el “todo” y en el “nada”. Cuatro extremos que pierden su credibilidad conforme la consciencia de expande y ejerce el oficio de atestiguar el flujo y el reflujo de los ciclos del vivir en sus sucesivas espirales de experiencia relativa.

El Rey del relato al constatar de manera permanente que “esto también pasará”, amortigua la desgracia que su mente experimenta para convertirse en el Observador de dicha desgracia transitoria. De la misma forma, el Rey deja de identificarse con la euforia, cuando ya es capaz de “observar” dicha euforia y la transitoriedad de la misma. A partir de la asimilación de la Ley de la Impermanencia, el Rey ya no “es” lo que cambia, es decir, la tristeza o la alegría, sino el Observador inmutable de lo que cambia en su mente. Su identidad esencial se ha trasladado a lo que permanece, sin por ello anestesiar o impedir la intensidad de las emociones superficiales en constante transformación.

El mundo es absolutamente perfecto, incluida nuestra insatisfacción y nuestros intentos por cambiarlo. Tradición Himaláyica

 

Extraído del libro “Relatos Eternos” de José María Doria

 

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