La vida cotidiana como meditación

 

En muchas otras culturas, el alimentar a niños sabios y saludables se considera un acto espiritual y el acto de ser padres se considera sagrado. Los niños son apoyados constantemente, físicamente y en el seno de la comunidad, y cada niño saludable se considera un potencial Leonardo, Einstein o Clara Barton, una contribución única a la comunidad. Nuestros hijos son nuestra meditación.

Al ampliar nuestro círculo de práctica, podemos sentir que no tenemos suficiente tiempo. La vida moderna es ya muy rápida y cada vez lo es más. El ahorrar tiempo está incluso empezando a reemplazar al sexo, como modo de vender productos en televi­sión. ¿Tenemos tiempo suficiente para ampliar nuestra práctica? Un discípulo se quejaba al maestro Achaan Chah de que no había suficiente tiempo para practicar en el monasterio, puesto que había demasiadas tareas: barrer, limpiar, recibir a las visi­tas, construir, cantar, etc. Y Achaan Chah respondió: “¿Tenemos tiempo suficiente para estar despiertos? Todo lo que hacemos en la vida es una oportunidad para despertar.”

Podemos aprender a ver, aquí y ahora, los lugares en los que tenemos miedo, esta­mos apegados, perdidos o engañados. Podemos ver, al mismo tiempo, la posibilidad del despertar, de la libertad, de la plenitud de ser. Podemos hacer dicha práctica en cual­quier parte: en el trabajo, en nuestra comunidad o en casa.

A veces la gente se queja de lo difícil que es practicar en la vida familiar. Cuando eran solteros, podían hacer largos periodos de retiro en silencio o pasar tiempo en las montañas o viajar a templos exóti­cos, y luego esos lugares y actitudes se confunden en sus mentes con el espíritu de lo sagrado. Pero lo sagrado siempre está ante nosotros.

La vida familiar y los niños son un maravilloso templo. Los niños pueden convertirse en fantásticos maestros. Nos ense­ñan entrega y altruismo. Nos llevan, una y otra vez, al momento presente. Cuando estamos en un ashram o monasterio, si nuestro gurú nos dice que nos levantemos pron­to por la mañana para meditar, tal vez no tengamos gana. Algunas mañanas, tal vez nos demos la vuelta y nos volvamos a dormir, pensando que ya lo haremos en otra ocasión. Pero cuando nuestros niños se despiertan en medio de la noche enfermos y necesitán­donos, no hay elección ni preguntas: respondemos al instante con una completa y amo­rosa atención.

Se nos pide una y otra vez que llevemos nuestro corazón y cuidados a la vida familiar. Se trata de las mismas instrucciones que nos da un gurú o maestro de meditación, cuan­do afrontamos el inevitable cansancio, inquietud o aburrimiento en nuestra celda de medi­tación o templo. Afrontarlo en casa no es distinto que afrontarlo en un retiro de medita­ción. La vida espiritual se vuelve más auténtica cuando las cosas se tornan difíciles. Nuestros niños tienen accidentes y enfermedades inevitables. Ocurren tragedias. Dichas situaciones reclaman una constancia de nuestro amor y sabiduría. A través de ellos, alcanzamos la médula de la práctica y descubrimos nuestra verdadera fuerza espiritual.

En muchas otras culturas, el alimentar a niños sabios y saludables se considera un acto espiritual y el acto de ser padres se considera sagrado. Los niños son apoyados constantemente, físicamente y en el seno de la comunidad, y cada niño saludable se considera un potencial Leonardo, Einstein o Clara Barton, una contribución única a la comunidad. Nuestros hijos son nuestra meditación.

Cuando los niños se educan con canguros y con la televisión, en una sociedad que valora el hacer dinero más que a sus hijos, creamos generaciones de individuos descontentos, heridos y necesitados. Una llave para ampliar la práctica a los ámbitos exigentes del cuidado de los niños y de las relaciones íntimas, es el mismo desarrollo de la paciencia o la constancia como cuando seguimos la respiración, haciendo regresar nuestro corazón mil veces.

 Pude comprobar el poder que crece del respeto amoroso en un sabático familiar en Tailandia y Bali. Mi hija Carolina estudió danza balinesa durante dos meses con un maravilloso maestro y, cuando terminó se le propuso preparar una actuación de despedida para ella en su escuela, que también era su casa. Cuando llegamos, prepararon un escenario, tuvieron lista la música y empezaron a vestir a Carolina. Se pasaron mucho tiem­po preparando a una niña de seis años, que normalmente dedicaba cinco minutos a estos menesteres. Primero le pusieron un sarong de seda, con un bello cinturón. Luego la envolvieron con seda bordada, dándole quince vueltas alrededor del pecho. La pusieron brazaletes. La peinaron primorosamente y la tocaron con una flor dorada. La pusie­ron más maquillaje del que una niña de seis años pudiera soñar.

Mientras tanto, me senté impaciente: el padre orgulloso listo para hacer fotos.

Cuándo iban a acabar de vestirla y empezar el recital, la mujer del maestro llegó, se quitó su collar de oro y lo puso en el cuello de mi hija. Carolina estaba azorada.

Cuando dejé mi impaciencia, me di cuenta de la maravilla en curso. En Bali existe un gran respeto por los niños como miembros de la sociedad. A una bailarina, ya tenga seis  o veintiséis años, se la honra y respeta como artista en igual medida; El nivel de respeto que se le otorgaba a Carolina como artista, la inspiró para bailar bellamente. Imaginad como os sentiríais si os hubieran tratado con tal respeto de niños. Del mismo modo que Buda cultivó la paciencia, el respeto y la compasión, para hacer madurar su corazón a lo largo de miles de vidas, podemos llevar algo de ello a nuestras familias y relaciones amorosas.

La práctica espiritual no debe convertirse en una excusa para alejarnos de la vida cuando se presentan dificultades. La práctica de la meditación de cualquier clase no irá muy lejos, si paramos de meditar cada vez que nos topamos con una dificultad. Es la capacidad de compromiso la que conduce nuestra práctica.

En una relación íntima como el matrimonio, el compromiso es una fianza necesaria para el éxito. El compromiso no representa un pacto de seguridad en el que el amor es un intercambio comercial: “Estaré presente si no cambias mucho.” El compromiso en una relación de pareja significa permanecer juntos, significa compromiso de ayudarse mutuamente para crecer en el amor, de honrar y fomentar la apertura del espíritu de nuestro compañero.

Tanto en el caso del cuidado de los niños como en las relaciones íntimas, nos encon­traremos inevitablemente con las mismas trabas que en la meditación sentada.

 

Extraído del libro “La Sabiduría del Corazón” de Jack Kornfield

 

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