El Guerrero Interior

 

 

La mayor lección que he aprendido es que lo universal debe estar entretejido con lo personal para ser realizado en nuestra vida espiritual.

 

En el verano de 1972 regresé a casa de mis padres tras mis primeros cinco años de estudio en Asia, con la cabeza afeitada y vestido con hábitos de monje budista. En esa época no había en Estados Unidos ningún monasterio therava­da, pero deseaba comprobar qué representaba vivir como monje en América, aunque sólo fuera por un corto periodo de tiempo. Tras pasar algunas semanas con mis padres, decidí hacer una visita a mi hermano gemelo y a su esposa. Con mis hábitos y mi cuenco, tomé un tren que iba de Washington ala Gran EstaciónCentral de New York, provisto con un billete que me había comprado mi madre; como renun­ciante no podía manejar dinero por mismo.

Llegué por la tarde y empecé a subir por la quinta Avenida. Todavía seguía muy sereno, tras tantos años de práctica; caminé como si meditara, haciendo que para mi mente Tiffanys y la muchedumbre de peatones fueran semejantes a los árboles y al viento de mi monasterio de la jungla. Tenía que encon­trarme con mi cuñada. Había recibido un vale de cumpleaños, canjeable por un día completo de cuidados en un famoso instituto de belle­za, que incluía: estética facial, peluquería, masaje, manicura etc. Llegué a las cuatro y tras esperar un rato, entré. “¿Puedo ayudarle?” Exclamó la sorprendida recepcionista nada más crucé la puerta. “Si, estoy buscando a …” —Oh,” respondió. “Todavía no ha termi­nado. Hay una sala de espera en el cuarto piso.” Cogí el ascensor hasta el cuarto piso. Al salir, me topé con la recepcionista de la sala, quien me volvió a preguntar en un tono ligeramente incrédulo: “¿Puedo ayudarle?” Le expliqué que estaba esperando a mi cuñada y me dijo que tomara asiento.

Me senté en un cómodo sillón, y tras esperar unos minutos, decidí cruzar las pier­nas, cerrar mis ojos, y meditar. Después de todo yo era un monje: ¿qué otra cosa tenía que hacer aquí? Pasados diez minutos, empecé a oír risas y ruidos. Seguí meditando, pero finalmente oí, desde la sala que había frente a la habitación, un grupo de voces y una fuerte exclamación: “¿Es real?”, lo que me hizo abrir los ojos. Vi a ocho o diez muje­res vestidas con batas Elizabeth Arden (las túnicas que se les proporcionaban por un día) sorprendidas ante mi. Muchas de ellas llevaban puestos sus rulos, otras múltiples pasadores de cabello en forma de pez. Algunas llevaban sus rostros tiznados con lo que parecía aguacate verde. Otras tenían la cara cubierta de barro. Las miré y me pregun­té en que reino había nacido y me sorprendí a mi mismo preguntándome: “¿Son rea­les?”

A partir de este momento, se me hizo evidente que debía encontrar un modo de reconciliar las antiguas, y maravillosas enseñanzas recibidas en el monasterio budista con el modo de vida en el mundo moderno. A lo largo de los años, esta reconciliación se ha convertido para mi, y para otras personas que desean vivir una vida espiritual auténtica -en el momento en que prácticamente entramos en el siglo XXI- en una de las investigaciones más apasionantes y atractivas. La mayoría de los americanos no desean llevar la vida del sacerdote, monje o monja tradicional, pero muchos de noso­tros aspiramos a incorporar a la vida, en este mundo, una práctica espiritual auténtica.

Mi propia vida espiritual se desencadenó a los catorce años, cuando me obsequia­ron con un ejemplar del libro “El Tercer Ojo”, un relato de semific­ción sobre aventuras místicas en el Tíbet. Era emocionante y muy provocador; ofrecía un mundo al que fugarse, que parecía mucho mejor que el que habitaba. Crecí enla Costa Este en un ambiente intelectual y científico…. Tuve una “buena educación” y fui a una buena escuela. Estaba rodeado de muchas personas brillantes y creativas. A pesar de su éxito y de sus logros intelectuales, la mayoría de ellos eran infelices. Se me hizo evi­dente que la inteligencia y los logros mundanos tenían poco que ver con la felicidad o las relaciones humanas saludables. Lo cual era dolorosamente evidente en el seno de mi propia familia. Incluso en mi soledad y confusión, sabía que debería buscar la felici­dad en algún otro lugar. Decidí dirigir mi mirada a Oriente.

En el Dartmouth College, en 1963, tuve la suerte de conocer a un viejo y sabio pro­fesor, el Dr. Wing Shit Chan, que se sentaba con las piernas cruzadas sobre el escrito­rio mientras daba charlas sobre Buda y los clásicos chinos. Inspirado por él, cursé estu­dios asiáticos y, tras graduarme, marche rápidamente a Asia en busca de enseñanzas y con la intención de ordenarme en un monasterio budista. Empecé a practicar, y cuando finalmente me ordené y me retiré a un monaste­rio tailandés en la jungla dirigido por el joven, pero más tarde bastan­te famoso, maestro Achaan Chah, quedé sorprendido. Aunque no esperaba que los monjes necesariamente levitaran, si esperaba algunos efectos especiales fruto de la práctica de la meditación: felicidad, peculiares estados de éxtasis, experiencias extraordinarias. Pero no era esto lo que fun­damentalmente me ofrecía mi maestro; me ofrecía un modo de vida, una via del des­pertar, atención, entrega y compromiso para toda la vida. Me ofrecía una felicidad que no dependía de ninguna condición transitoria del mundo, sino que provenía de la trans­formación interior, difícil y consciente, de uno mismo. Al incorporarme en el monasterio, esperaba dejar atrás el dolor de mi vida familiar y las dificultades mundanas, pero, evi­dentemente, me siguieron.

Me llevó muchos años el darme cuenta de que dichas difi­cultades eran parte de mi práctica.

Tuve la suficiente fortuna de obtener instrucciones sabias y de seguir los antiguos entrenamientos tradicionales, que continuaban ofreciéndose en los mejores monaste­rios. Lo cual significaba vivir con gran sencillez, poseyendo poco más que un hábito y un cuenco, y caminando ocho kilómetros diarios con el fin de recoger alimentos para la única comida delmediodía.Pasé largos periodos practicando meditación al estilo tra­dicional, tal como sentarse toda la noche en la jungla observando como quemaban cuer­pos en los cementerios y emprendí un retiro en silencio de un año en una habitación, sentándome y caminando las veinticuatro horas del día. Recibí magníficas enseñanzas en grandes monasterios dirigidos por Mahasi Sayadaw, Asbha Sayadaw y Achaan Buddhasa. En estos periodos de práctica aprendí cosas maravillosas y estoy agradeci­do de por vida a estos maestros. Pero la meditación intensiva en estos parajes exóticos resultó ser tan solo el principio de mi práctica. Desde entonces he llevado a cabo meditaciones igual de interesantes en lugares muy corrientes, fruto de comprometerme con un entrenamiento sistemático. No sabía lo que me esperaba tras la época de mi primer entrenamiento y abandoné

Así todavía con mucho idealismo, esperando que las pecu­liares experiencias de meditación que había tenido resolverían todos mis problemas.

En los años que siguieron, regresé a monasterios de Tailandia, India y Sri Lanka para practicar más, y luego estudié con renombrados lamas tibetanos, maestros zen y gurus indios. A lo largo de diecinueve años de enseñanzas, he tenido el privilegio de colaborar con muchos otros maestros budistas orientales para dar a conocer en Américala Meditaciónlnsight (meditación dela Visión Interior), la práctica budista de la atención. He dirigido retiros desde un día hasta tres meses de duración, y he traba­jado en colaboración con muchos centros: cristianos, budistas y transpersonales, entre otros. En 1976 finalicé un Ph. en psicología clínica y, desde entonces, he trabajado como psicoterapeuta, además de maestro budista. Lo más importante que he hecho a lo largo de estos años es responderme a la pregunta:

¿Cómo puedo vivir mi práctica espiritual, cómo puedo hacerla florecer a diario?

Desde que empecé a enseñar, he podido constatar como muchos alumnos entien­den mal la práctica espiritual; como muchos han intentado utilizarla para huir de sus propias vidas; cuántos de ellos han usado su lenguaje e ideales para eludir los dolores y las dificultades de la existencia humana, igual que yo lo intenté; cuántos han entrado en templos, iglesias y monasterios buscando efectos especiales.

Mi propia práctica ha sido un viaje de descenso, en contraste con lo que solemos pensar de nuestras experiencias espirituales. A lo largo de estos años he ido trabajan­do los chakras (los centros de energía espiritual del cuerpo) en sentido inverso, hacia abajo, en lugar de hacia arriba. Mis primeros diez años de práctica espiritual sistemáti­ca fueron básicamente dirigidos por mi mente. Estudiaba, leía, y luego meditaba y vivía como un monje, utilizando en todo momento el poder de mi mente para conseguir cono­cimiento. Desarrollé concentración y samadhi (niveles profundos de absorción mental) y obtuve muchas clases de intuiciones. Tuve visiones, revelaciones y una variedad de profundos despertares. A medida que mi práctica avanzaba, el modo en que entendía mi lugar en el mundo se puso patas arriba, y empecé a ver las cosas de un modo nuevo y más sabio. Creo que esta intuición fue la clave de mi práctica y me sentí satisfecho con mis nuevas comprensiones.

Pero, cuando regresé a los Estados Unidos como monje, todo ello se vino abajo. Unas semanas después de la anécdota de Elizabeth Arden, abandoné los hábitos, ingre­sé en la universidad, conseguí una plaza de taxista y trabajé por las noches en un hos­pital mental de Boston. Tambiéninicié una relación personal íntima. Aunque había vuelto del monasterio con una mente clara, abierta y con un espíritu elevado, en resumen descubrí, a través de mis relaciones, en la casa comunitaria en que vivía, y con mi trabajo de licenciado, que mi meditación me había ayudado muy poco en mis relacio­nes humanas. Seguía siendo emocionalmente inmaduro y expresaba los mismos patro­nes dolorosos de culpa y miedo, aceptación y rechazo que tenía antes de mi entrena­miento budista; el terrible añadido era que ahora empezaba a ver dichos patrones con más claridad. Podía llevar a cabo meditaciones amorosas para miles de Seres, pero tenía grandes problemas a la hora de relacionarme con una sola persona, aquí y ahora. Había utilizado, en la meditación, la fuerza de mi mente para reprimir los sentimientos dolorosos, y muy a menudo ni me daba cuenta de que estaba enfadado, triste, apenado o frustrado, hasta mucho después.

No había examinado las raíces de mi infelicidad en las relaciones. Gozaba de poca destreza para manejar mis sentimientos, embarcarme a nivel emocional o vivir sabiamente con mis amigos y seres queridos.

Estaba forzado a variar totalmente mi práctica, bajando por mis chakras de la mente al corazón. Inicié el largo y difícil proceso de reclamar mis emociones, de llevar la cons­ciencia y la comprensión a mis patrones de relación, de aprender como expresar los sentimientos y qué hacer con las poderosas fuerzas de la comunicación humana. Lo hice a través de terapia individual y de grupo, mediante meditaciones centradas en el corazón; a través de la psicología transpersonal, y mediante una serie de relaciones tanto exitosas como desastrosas. Lo hice examinando mi familia de origen y mi histo­ria temprana, llevando esta comprensión a mis relaciones en el presente. Finalmente, ello me condujo a una relación, en principio difícil, que ahora se ha convertido en el feliz matrimonio con mi mujer y que ha dado el fruto de una bella hija.

Poco a poco, empecé a comprender este trabajo del corazón como una parte integral de mi práctica espiritual.

Tras concentrarme diez años en el trabajo emocional y el desarrollo de mi corazón, me di cuenta de que había olvidado mi cuerpo. Al igual que mis emociones, había inclui­do a mi cuerpo sólo de un modo superficial en los primeros pasos de mi práctica espi­ritual. Aprendí a ser muy consciente de mi respiración y a trabajar con los dolores y sen­saciones de mi cuerpo; pero, básicamente, había estado utilizando mi cuerpo como lo haría un atleta. Había sido bendecido con la suficiente salud y fuerza como para subir montañas o sentarme como un yogui en la orilla del río Ganges, soportando el dolor lacerante de estar de diez a veinticuatro horas sin moverme. Como monje, podía comer una sola comida al día y caminar largas distancias descalzo, pero descubrí que, más que habitarlo, había utilizado mi cuerpo. Había sido un vehículo para alimentarme, mover­me y satisfacer mi vida mental, emocional y espiritual.

A medida que fui habitando más plenamente mis emociones, me di cuenta de que mi cuerpo, también, requería una atención amorosa y que no era suficiente ver y comprender o, incluso, sentir amor y compasión; tenía que descender más por mis chakras. Aprendí que, si tenía que vivir una vida espiritual, debía ser capaz de encarnarla en cada acto: en el modo en que permanecía de pie y caminaba, en el modo en que respiraba, en la atención que tenía al comer. Tenía que incluir todas mis actividades. Vivir en este precioso cuerpo animal, en esta tierra, es una parte tan importante de la vida espiritual como cualquier otra. Al empezar a rehabitar mi cuerpo, descubrí nuevas áreas de temor y dolor, que me alejaban de mi verdadera naturaleza, del mismo modo que había des­cubierto nuevas áreas de temor y dolor al abrir mi mente y mi corazón.

A medida que mi práctica bajaba por mis chakras, se volvió másíntima y personal. En cada paso del camino, se exigía más honestidad y cuidado. Mi práctica también se había vuelto más integrada. El modo en que trataba mi cuerpo no estaba desconectado del modo en que trataba a mi familia o del compromiso que tenía con la paz mundial.

Por lo tanto, a medida que elaboraba mi camino descendente, la visión de mi práctica se había ampliado hasta incluir no solo mi cuerpo o mi corazón, sino toda la vida, las relaciones y el entorno.

En este proceso de profundizar y ampliar mi compromiso con la vida espiritual, había podido comprobar como tanto mi esfuerzo, como mi motivación, habían cambia­do mucho. De entrada, había practicado y enseñado desde un espacio de mucha lucha y esfuerzo. Había utilizado un gran esfuerzo mental para mantener mi cuerpo tranqui­lo, para concentrarme y disciplinar el poder mental en mi meditación, para superar dolores, sentimientos y distracciones. Utilizaba la práctica espiritual para esforzarme en busca de un estado de claridad mental y de luz, para la comprensión y la visión y, de entrada, enseñé de este modo. Paulatinamente, sin embargo, se me hizo evidente que en el caso de la mayoría de nosotros, el mismo esforzarse aumentaba nuestros proble­mas. En aquello en que tendemos a ser críticos, nos volvemos más críticos con noso­tros mismos en nuestra práctica espiritual. Donde nos hemos separado de nosotros mismos, negando nuestros sentimientos, nuestros cuerpos y nuestra humanidad, la lucha hacia la iluminación, o alguna meta espiritual, sólo hace que aumentar esta sepa­ración. Donde se ha asentado un sentido de menoscabo o baja estima -con temor de nuestros sentimientos o crítica de nuestros pensamientos- ello se ve reforzado por la lucha espiritual.

Pero, al mismo tiempo, sabía que la práctica espiritual era imposible sin una gran dedicación, energía y compromiso. Si no era de la lucha y del idealismo ¿de dónde tenía que llegar?

Lo que descubrí, fue una maravillosa noticia. Para abrirnos totalmente, como exige la auténtica vida espiritual, necesitamos mucho valor y fuerza; una especie de espíritu guerrero. Pero el lugar de esta fuerza del guerrero es el corazón. Necesitamos energía, compromiso y valor para no huir de nuestra vida, ni enmascararla con filosofía alguna, material o espiritual. Necesitamos un corazón de guerrero que nos permita afrontar directamente nuestras vidas, nuestros dolores y limitaciones, nuestras alegrías y posi­bilidades. Este valor nos permite incluir cualquier aspecto de nuestras vidas en nuestra práctica espiritual: nuestros cuerpos, nuestras familias, nuestra sociedad, la política, la ecología de la tierra, el arte, la educación.

Sólo entonces podrá integrarse, verdadera­mente, la espiritualidad en nuestras vidas.

Cuando empecé a trabajar en un hospital mental del estado, mientras estudiaba mi licenciatura, ingenuamente creí que podría enseñar meditación a algunos de los pacien­tes. En seguida se hizo evidente que no era meditación lo que necesitaban. Estas per­sonas tenían muy poca capacidad para conseguir una atención equilibrada en sus vidas, y la mayoría de ellos ya estaban perdidos en sus mentes. Si algún tipo de meditación les podía ser útil, debía ser una meditación conectada con la tierra y enraizada: yoga, jardinería, tai chi; prácticas activas que permitieran comunicarse con sus cuerpos.

Pero, entonces, descubrí una gran población de este hospital que necesitaba la desesperadamente meditación: psiquiatras, psicólogos, asistentes sociales, enfermeras, auxiliares, etc. Este grupo cuidaba, y, a menudo, controlaba por miedo a los pacientes con drogas antipsicóticas: miedo de las energías en los pacientes y miedo de estas ener­gías en ellos mismos. Pocos de estos cuidadores parecían conocer de primera mano, en sus propias mentes, las poderosas fuerzas con las que se enfrentaban los pacientes; sin embargo se trata de una lección básica en meditación: afrontar nuestra propia ira, baja autoestima, rabia, paranoia y megalomanía, así como abrirse a la sabiduría y a la valen­tía que hay más allá de estas fuerzas. El equipo podía haberse beneficiado en gran medida de la meditación como modo de afrontar, dentro de ellos, las fuerzas psíquicas que estaban desatadas en sus pacientes.

A partir de ello, podrían aportar una nueva comprensión y compasión a su trabajo y a sus pacientes.

La necesidad de incluir la vida espiritual en el tratamiento y la terapia empieza a ser reconocido por los profesionales de la salud mental. Una consciencia de la necesidad de integrar una visión espiritual se ha extendido a campos como la política y la econo­mía, así como también a la ecología.

Pero para ser beneficiosa, esta espiritualidad debe estar enraizada en la experiencia personal.

He recalcado mi viaje personal, puesto que la mayor lección que he aprendido es que lo universal debe estar entretejido con lo personal, para ser reali­zado en nuestra vida espiritual. Somos seres humanos, y la puerta humana a lo sagra­do es nuestro cuerpo, corazón y mente, la historia de donde venimos, las relaciones y circunstancias más cercanas de nuestra vida.

¿Si no aquí, donde daremos vida a la com­pasión, justicia y liberación?

Un sentido integrado de la espiritualidad entiende que si hemos de aportar luz, sabi­duría o compasión al mundo, hemos de empezar por nosotros mismos. Las verdades universales de la vida espiritual solo pueden vivirse en cada circunstancia personal y única. Este enfoque personal de la práctica honra a la vez lo singular y lo común de nuestras vidas, respetando la eterna cualidad de la gran danza entre el nacimiento y la muerte, pero honrando también nuestro cuerpo en particular, nuestra familia y comu­nidades concretas, la historia personal y las penas y alegrías que nos han sido dadas.

Esta es la forma en que nuestro despertar se convierte en un asunto muy personal, que también afecta a todas las criaturas de la tierra.

 

 

Extraido del libro “Camino con Corazón” de Jack Kornfield 

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