Y después del despertar ¿Qué?

 

Suzuki Roshi decía: “Estrictamente hablando, no hay personas iluminadas, sólo hay actividad iluminada.”

 

La iluminación existe. Es posible despertar. La libertad y gozo sin medida, la unidad con lo divino, el despertar a estados de gracia eterna; dichas experien­cias son más comunes de lo que creemos y no están tan lejos. Sin embargo, hay una verdad posterior: no duran.

Nuestros despertares y realizaciones nos muestran la realidad del mundo y nos proporcionan la posibilidad de transforma­ción, pero pasan.

Seguramente hayas leído relatos tradicionales de sabios plenamente iluminados de Asia, o de santos y místicos occidentales sin mácula alguna. Pero estas historias ideales pueden engañarnos. En realidad, en el despertar del corazón, hay algo como la jubilación iluminada. Las cosas no van así.

 La mayoría de los relatos espirituales finalizan con la realización o  ilumina­ción. Pero qué sucede si preguntamos ¿qué pasa después? ¿Qué sucede cuando el maestro zen regresa a casa, donde le esperan esposa e hijos? ¿Qué pasa cuan­do el místico cristiano va de compras? ¿Cómo es la vida tras el éxtasis? ¿Cómo vivimos nuestra comprensión con un corazón pleno?

 Lo que sigue es el relato del satori (experiencia de iluminación) inicial de un maestro zen occidental, y lo que vino después. Este tipo de relatos no suelen ha­cerse públicos a causa del peligro de que proporcionen una impresión equivoca­da de que quienes experimentan dicho despertar son de algún modo especiales. Aunque la experiencia es especial, no sucede a personas especiales. Nos ocurre a todos nosotros cuando las condiciones para soltarnos y la apertura del cora­zón están presentes; cuando podemos experimentar el mundo de un modo radi­calmente nuevo.

 Para este maestro, el despertar llegó a los cincuenta y ocho años, tras mu­chos años de práctica con distintos maestros de meditación, mientras al mismo tiempo desarrollaba una profesión y formaba una familia.

 La semana de meditación de una sesshin zen siempre tenía mucha intensidad para mí. Sentía una profunda liberación emocional y aparecían vívidos re­cuerdos como si estuviera en un proceso de nacimiento; fuertes dolores y ca­tarsis física. Ello duraba semanas cuando regresaba a casa.

Esta sesshin empezó del mismo modo. Durante los primeros días luché con fuertes emociones y con la liberación de energías a través de mi cuerpo, y cada vez que veía al maestro, éste se sentaba como una roca y su presencia me guiaba como un timón por oscuros y procelosos mares. Temía la sensa­ción de que me estaba muriendo o partiendo por la mitad. Me instó a que me sumergiera en mi koan, para dejarme ir totalmente en él. No podría de­cir dónde se iniciaba o acababa mi vida.

 Entonces empezó a invadirme una sorprendente dulzura. Ví a través de la ventana tres abedules jóvenes. Podía sentir cómo me iba, tocaba su suave corteza y me convertía en el árbol. Mi meditación estaba llena de luz.

Había experimentado antes la dicha -grandes olas de ella, en algunos retiros, cuando los dolores de mi cuerpo se abrían- pero esto era distinto. Se detuvo toda lucha, y mi mente se volvió luminosa, radiante, espaciosa como el cielo, y también se llenó con el más delicioso aroma de la libertad, del despertar. Me sentí como Buda sentándose sin esfuerzo hora tras hora, sustentado y protegido por todo el universo. Vivía en un mundo de paz sin medida y ele gozo inexpresable.

 Las grandes verdades de la vida eran tan claras; el modo en que el apego constituía la causa del sufrimiento; como al seguir el pequeño sentido del sí mismo, este falso ego, vamos como orgullosos hacendados, peleando por nada. Lloré por nuestras innecesarias penas. Luego, durante cuatro horas, no pude dejar de sonreír y reír. Vi lo perfecto que era todo, como cada ins­tante constituye la iluminación, sólo que nos abramos a él.

Durante días, permanecí en este espacio nítido  y  eterno, con el cuerpo flotando y mi mente vacía. Cuando despertaba, olas de amor y gozosa ener­gía fluían a través de mi consciencia. Luego siguieron revelaciones y visiones interiores, una tras otra. Vi como el río de la vida se desplegaba en patrones que creamos en forma del fluido de nuestro karma. Contemplé la idea de la renunciación espiritual como si fuera una broma, el intentar soltar la vida ordinaria y  los placeres. En realidad, el Nirvana es tan abierto y gozoso; es mucho más que cualquiera de los pequeños placeres tras los que corremos. No renunciamos al mundo, lo ganamos.

 La descripción de un gran despertar como éste suele aparecer al final de un rela­to espiritual. Llega la iluminación, la persona entra en el cauce de los sabios y tras ello todo lo demás sigue naturalmente. Básicamente nos queda la impresión de que la persona que ha despertado vive luego feliz para siempre. Pero ¿qué su­cede si no nos quedamos con este relato y queremos oír más capítulos?

 Algunos meses después de todo este éxtasis vino una depresión, junto a unos importantes reveses en mi trabajo. Tenía continuamente problemas con mis hijos y mi familia. Mi enseñanza era buena. Podía dar charlas inspiradas, pero si le hubieseis preguntado a mi mujer, os hubiera dicho que con el paso del tiempo me volvía cada vez más desagradable e impaciente. Sabía que esta gran visión espiritual era la verdad y que seguía en el trasfondo, pero también me daba cuenta de cuántas cosas seguían sin cambiar. Para ser ho­nesto, mi mente y mi personalidad eran prácticamente las mismas, así como mis neurosis. Tal vez peores, porque ahora las veía con claridad. Ahí esta­ban estas revelaciones cósmicas y seguía necesitando terapia simplemente para poder sortear los errores del día a día y las lecciones de vivir una vida humana.

 ¿Qué debemos hacer con un relato de despertar como éste y la historia que le si­gue? Nos ofrece un espejo para la autocomprensión. Con él podemos ver nuestras posibilidades y comprender mejor cómo vivir con sabiduría.

 Mi maestro Ajahn Chah sabía que mediante nuestro carácter nos encontramos tanto con nuestro sufrimiento como con nuestra liberación. Por lo que escrutaba a los que venían a verlo, al modo de un relojero que quitara la esfera del reloj para ver como hace tictac.

 La iluminación perfecta aparece en muchos textos, pero entre todos los maestros y enseñantes occidentales que conozco, dicha perfección total no es aparente. Épocas de gran sabiduría, profunda compasión y conocimiento real de la libertad alternan con períodos de miedo, confusión, neurosis y lucha. La mayoría de los maestros admitirían al momento esta verdad.

 Cuando me quejaba ante mi abad Ajahn Chah, considerado por millones de personas como un gran santo, de que no siempre actuaba como si estuviera completamente iluminado, reía y me decía que era bueno:

porque de otro modo seguirías imaginándote que podrías encontrar al Buda fuera de tí mismo. Y no está ahí.”

 En realidad, gran parte de los más atractivos y más considerados maestros asiáticos hablan de seguir siendo todavía estudiantes, siempre aprendiendo de los errores. Algunos, como el maestro zen Shunryu Suzuki, ni siquiera procla­maban estar iluminados.

Por el contrario, Suzuki Roshi decía: “Estrictamente hablando, no hay personas iluminadas, sólo hay actividad iluminada.” Esta no­table afirmación nos dice que la iluminación no puede ser atesorada por nadie. Simplemente existe en momentos de libertad.

 Pir Vilayat Khan, de setenta y cinco años, superior de la Orden Sufí de Occidente, nos confía su propia creencia:

 De los muchos grandes maestros que conocí en India y Asia, si los traje­ras a América, les consiguieras una casa e hipoteca, dos coches, una esposa, tres hijos, un trabajo, facturas e impuestos, más la sobre-estimulación reinante en occidente… todos ellos lo pasarían mal.

 

Extraído del libro “Después del éxtasis, la colada” de Jack Kornfield

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