Una Exploración en las Raíces del Amor (VI)

 

Darío: Sus ideas sobre los beneficios de la aceptación del dolor me parece que van a contrapelo de lo que se vive en esta sociedad del ocio y del bienestar. ¿Qué opinan sus colegas del dolor?

 

Prometeo: Muchos psiquiatras creen que su trabajo consiste en proteger a las personas para que no sientan dolor. Olvidan por completo el poder transformador que tienen las emociones dolorosas y, lo que hacen es buscar rápidamente un talonario de recetas para prescribir algún medicamento que tape y desconecte. En todo caso, otros médicos menos partidarios de la medicación, recomendarán que tales personas emprendan nuevas actividades o que se haga más vida social, para lograr distraerse.

 Darío: No me parece mal.

 Prometeo: Por supuesto, pero todo es un problema de medida. Una cosa es aliviar y aprender, y otra muy distinta, alejar a sus clientes de ese interior sensible que, es a la vez, fuente de la vulnerabilidad y espiritualidad. Tal vez parecen desoír que nuestro dolor tiende a propiciar cambios y, convertirse en vehículos para nuestra evolución interior.

 Darío: En algo me recuerda a ese antiguo rollo de la resignación. ¿Es lo mismo tener compasión de uno mismo que  “auto compadecernos”?

 Prometeo: No hablo de resignación, sino de aceptación y transformación. La compasión hacia uno mismo significa centrarse en nuestro yo y aceptar el propio dolor por la pérdida, mientras que la autocompasión, nos arrastra a un pozo sin fondo en el que nos consumimos y desesperamos. No se trata de recrearse en el dolor ó engancharse a ese drama que nos justifica para no afrontar la vida y admitir cambios.

 Darío: Perdone que globalice todo lo dicho hasta aquí, pero me asalta la idea de que este tema del dolor que usted proclama, es un discurso ideal para personas con patologías emocionales, pero yo no veo a la gente normal sufriendo por ahí.

 Prometeo: Comprendo sus resistencias, pero le pido que observe los momentos en los que hemos huido del propio dolor, pensando que “a los otros” les va de maravilla. Son momentos en los que hemos dado por sentado que todos los seres humanos, excepto nosotros, disfrutaban del éxito y se divertían en la vida. Lo que en realidad sucede es que la mayoría de las personas son adeptos a ocultar sus patinazos, aflicciones y disgustos, y les da vergüenza reconocer que son vulnerables al dolor.

 Darío: Perdone que insista pero es que me cuesta tanto admitirlo ¿qué hay de bueno en sentir dolor?

 Prometeo: Cuesta admitirlo cuando pensamos que el dolor emocional es estéril, por lo que cuando éste hace acto de presencia, procedemos a buscar alivio instantáneo, reconduciendo las energías hacia objetivos más “productivos”, como pueda ser el trabajo, las aficiones o la televisión. Seguimos adelante bebiendo, comprando ó comiendo, y nos convencemos de poner “buena cara”, a la vez que avanzamos, sin dar un respiro, hacia la próxima aventura. En los procesos de abandono, incluso llegamos a pensar: “No le voy a dar una satisfacción admitiendo que me ha hecho daño”.

 Darío: Lo que pasa es que nos sentimos ofendidos y no queremos dar ese “gustito” a quien parece odiarnos.

 Prometeo: No demonice el dolor. Recuerde que los saltos más grandes que hemos dado, hacia modelos mentales más amplios y profundos, a menudo han sucedido tras las llamadas desgracias y toda la cadena de cambios consiguientes A medida que vamos aprendiendo a relacionarnos con nuestras pérdidas y su consiguiente frustración, encontraremos una perla escondida en lo mas profundo del sí mismo. La propia identidad esencial.

 Darío: Identidad Real

 Prometeo: El centro de todos los centros. A medida que atravesemos las diferentes capas hacia el yo profundo, desenmascarando yoes y mirando de frente a los variados miedos de nuestro yo superficial, encontraremos la respuesta: encontraremos un yo desde el que brota el amor incausado y la generosidad de la verdad yla Belleza. Además, sabemos que pasará, como todo.

 Darío: Hasta ahora, hemos explorado el mundo de los miedos, culpas, celos, abandonos, engaños, dolor… pero no le he preguntado nada sobre el amor. Tal vez en este momento de la exploración, sería muy oportuno hablar en profundidad acerca del mismo ¿qué es, en realidad, el amor?

 Prometeo: Amor es un nombre demasiado genérico y, generalmente, cubre todo lo que son manifestaciones de un sentimiento y de una voluntad al bien, en relación con otra persona o incluso con todo lo que existe. O sea, el amor se suele referir a un modo de relación. Pero yo diría que el amor no es esto, sino que este modo de relación es la consecuencia del amor. El amor, de algún modo, es algo inherente, intrínseco a nuestra realidad más profunda, más íntima, y sólo cuando esta realidad más íntima y profunda se abre paso, es cuando se manifiesta el amor. Si no existe esta movilización de mi propio núcleo central, entonces nada podrá hacer que mi modo de actuar sea realmente amor, aunque lo imite.

 Darío: ¿Qué quiere decir la palabra amor?

 Prometeo: Viene del prefijo a-mor, de mors mortis. Que equivale a decir sin muerte. ¿Qué quiere decir sin muerte? Un estado de conciencia que no está sometido al mundo del tiempo, es decir que no cambia, que no es relativo. En este sentido más profundo, el amor es la conciencia de unidad, un estado de presente total que sucede en mi interior, algo que brota desde el “uno mismo” sin necesidad de “enamorarse” de nadie, una conciencia simple y única que lo incluye todo, conciencia del ser que en sí, lo contiene todo. El amor es lo que intuimos como estado perfecto, como realización subjetiva óptima. Amor es igual a gozo, alegría, belleza, armonía, felicidad, plenitud.

 Darío: Entonces ¿Qué es lo que nos impide vivir eso que realmente somos?.

 Prometeo: Yo diría que hay tres factores que lo impiden. El primero es la falta de crecimiento, una realidad que hace referencia a la propia conciencia que se va desplegando a medida que ejercitamos nuestras facultades. Conforme la vida que vivimos todavía sea, inconscientemente mediocre, supone que no hemos actualizado nuestra capacidad de amar y ser conscientes.

 Darío: El tiempo corre a favor del crecimiento ¿El segundo impedimento?

 Prometeo: El segundo es el temor. El temor supone un insuficiente desarrollo del amor, allí donde haya amor no hay temor. En la medida en que hay temor, no hay sitio para el amor. Los miedos son falta de amor en aquellas formas o zonas interiores o aspectos de la vida, en donde no hay suficiente amor, en los que no se ha ejercitado activamente el amor. El amor ejercitado elimina totalmente el temor. No hemos de confundir el amor con el aspecto sentimental que, en realidad, es una faceta expresiva del amor.

 Darío: Amor y temor. Parecen las dos caras de la moneda. ¿Y el tercero?

 Prometeo: El tercer impedimento es el odio ¿qué entiendo por odio? Un amor que se cierra en una fórmula mental muy pequeña, ego-centrada, una fórmula que tiende a excluir todo el resto. De la misma forma que no existe luz y oscuridad, sino luz y ausencia de luz, no  existe el amor y el odio, sólo existe el amor que, a su vez, puede adoptar la forma de odio cuando se  centra en una unidad muy pequeña, y rechaza todo lo demás. El odio también se manifiesta como un sentimiento de culpabilidad. Cuando hacemos algo que nuestra conciencia dice que esta mal hecho, se produce un rechazo de uno mismo, un menosprecio a uno mismo ¿por qué me rechazo a mi mismo? Si tan sólo rechazara la conducta en cuestión, se acabaría el problema, pero el problema es que me rechazo yo.

 Darío: ¿Por qué rechaza uno al yo en su conjunto y no a la conducta del yo?

 Prometeo: ¿Por qué me rechazo yo? Porque uno tiende a vivir constantemente una idea de su propio valor. Al parecer uno se está juzgando y valorando constantemente. Hay algo de uno que uno mismo quiere excluir, y ese algo que uno quiere negar no es el defecto en sí, sino la idea global de uno mismo con el defecto. Por lo tanto en la culpa, es el yo el que está implicado, no un defecto o un rasgo, o un error, desgraciadamente es todo el yo que queda juzgado. Del mismo modo sucede que es todo el  yo, el que queda aplaudido cuando surge algo en mí, que va a favor de esta afirmación que busco. Está en juego el personaje que queremos llegar a ser.

 Darío: ¿Cómo eliminamos el temor?

 Prometeo: Hemos dicho que el temor y el sentimiento de inferioridad que es un modo de temor, se elimina cuando podemos amar en aquella situaciones en donde nosotros sentimos el temor. Cuando consigo amar, más que juzgar, desaparece el sentido de culpabilidad. Hay que amarse y perdonarse a sí mismo. Muchas veces, el pretender amar mucho a los demás, es un intento de compensar este sentimiento negativo de sí mismo, tratando de “ser mejor para con los demás”. 

 Darío: Necesito poner mucha atención a sus palabras. Observo que hablando de un tema tan amplio como el amor, está usted finalizando con gran precisión y discernimiento.

 Prometeo: Por favor, siga mi exploración. Cuando yo trato con alguien ¿espero algo de ese alguien? Es decir ¿establezco una relación que depende del objeto o mi relación se apoya en el sujeto? En la medida en que yo vea lo otro como necesario para mí, yo estaré dependiendo del otro, es decir, que dependo de que una persona me entienda, de que me acepte, de que un asunto me salga bien. Es entonces cuando yo quedo supeditado al objeto y, ya no vivo mi realidad, sino que vivo la realidad de lo otro. Y condiciono mi realidad a que ocurra eso otro. Esto es una posición errónea. He de vivir siempre lo que soy y, desde ahí, vivir abierto a todo lo demás, abierto para crecer en la conciencia de lo otro.

 Darío: En realidad ¿qué es el otro?

 Prometeo: El otro es una dimensión de mi conciencia, y sólo cuando yo estoy instalado en la conciencia de mi yo profundo, podré abrirme al otro, sin alterar ni renunciar a nada de lo que soy. Será una expansión de conciencia, no una supeditación de conciencia. Todo lo que yo percibo, conozco, valoro, son dimensiones de mi conciencia.

 Darío: ¿Y cómo se explica el conflicto?

 Prometeo: Cuando yo vivo mi relación con otra persona, desde la plenitud de mi propia conciencia, nunca habrá conflicto, porque desde ahí, el otro no constituye un peligro. Es decir, cuando vivo centrado, el otro nunca es peligro, siempre es una oportunidad. Como consecuencia yo puedo comprender y aceptar al otro, yo vivo en el otro, siendo el otro. Sucede que me realizo existencialmente, expandiendo mi conciencia del ser, que incluye al otro. El otro es otro modo de ser de mi propia mismidad. Sucede que cuanto más miro dentro de las personas, más descubro que somos iguales. Las diferencias sólo son periféricas.

 Darío: ¿Qué pasa si logramos centrarnos?

 Prometeo: Cuando yo vivo mi centro es cuando descubro el centro de los demás. Si vivo lo periférico, el otro será para mi un ser que podrá ayudarme u oponérseme, pero siempre como un ser diferente. Cuando vivo desde mi profundidad, el otro es alguien que resuena como yo y que tiene el mismo argumento básico de la existencia.

 Darío: ¿Quiere usted decir que, en esencia, el otro y yo somos uno?

 Prometeo: Podríamos decir que él y yo somos uno, que somos uno en el centro de los centros, en el centro supremo que llamamos Dios. Cuando soy capaz de estar atento a mí y al otro, descubro este nuevo centro, que ni es yo, ni es el otro; este nuevo centro, es el centro de mi centro y, a la vez, es el centro del otro centro. No se trata de pensar que dentro del otro está Dios y además esforzarme en creerlo, si quiero vivenciarlo deberé ir a un punto detrás y encima de todo, de ahí el sentido de esa frase misteriosa del evangelio que dice: “Cuando dos o más estuvieseis reunidos en mi nombre, ahí en medio estoy yo”.

 Darío: La clave es situarse en la esencia de uno mismo.

 Prometeo: Cuando alguien se sitúa en lo que ocurre, entonces descubrirá una conciencia más allá de su conciencia personal. Esta conciencia es lo único que centra todos los centros.

Y eso es el Ser, ESO es usted: AMOR.

  

 

Inspirado en las obras:  “Amor y Traición” de John Amodeo,“Conciencia, Realización y Existencia” de Antonio Blay y reflexiones del autor.

Por José María Doria

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