La Crisis de la Educación

 

La crisis de la educación no es una crisis más de las muchas que salpican nuestra sociedad. La crisis de la educación es el corazón del problema. Nuestra civilización está enferma porque la educación está enferma.

Tanto los alumnos como los profesores se sienten infelices. En los docentes la infelicidad se manifiesta en forma de desmotivación, depresión y enfermedades físicas, y en los estudiantes se manifiesta a través del desinterés, rebeldía, trastornos de la atención y del aprendizaje y violencia.

El fracaso escolar, es decir, la incapacidad de los niños para retener los datos que se les suministran y repetirlos cuando el profesor considera oportuno crece. La causa es que se considera aventajado a quien es capaz de almacenar y reproducir más datos, en detrimento del cultivo de las facultades superiores de la mente. El resultado es que cada vez más jóvenes abandonan los estudios y los que los terminan se han convertido en personas domesticadas y programadas para entrar sin rechistar en el engranaje económico.

Es cierto que hay muchos profesionales que aún no se han quemado y tratan de hacerlo lo mejor posible. Se dejan la piel en los colegios e institutos pese a que el sistema que les suministra el pan de cada día les exige adaptarse a una tarea que en muchas ocasiones no está al servicio del desarrollo humano sino más bien al servicio de la domesticación, la obediencia y la burocracia.

Mientras tanto, el sistema productivo aleja cada vez más a los padres de sus hijos y el debate político en torno a la educación se reduce a peleas por cuestiones lingüísticas o religiosas. Sus potenciales creativos y su capacidad de soñar y de empatizar con el entorno son sacrificados por una educación cuya vara de medir sigue siendo la capacidad de permanecer sentados durante horas, de memorizar y de superar exámenes.

Si partimos del hecho de que tenemos el mundo que tenemos porque tenemos la educación que tenemos, parece evidente que sólo podremos construir un mundo más digno, justo y pacífico si conseguimos entre todos dar un salto cualitativo en el sistema educativo.

La transformación de una institución tan fosilizada,  sectaria y más preocupada de servirse a sí misma que a la comunidad no es una tarea fácil pero no es imposible. El cambio pasa porque se imponga la lógica de que la educación es la clave para cambio masivo de conciencia que necesitamos. Sólo un cambio en la educación permitirá la regeneración en nuestra forma de vivir y el cambio que tantos anhelamos en nuestras instituciones.

Es necesario pasar del uso de la educación como medio de transmisión de una cultura a un uso de la educación al servicio del verdadero desarrollo humano, que permita la existencia de seres más sabios y amorosos.

Eso pasa inevitablemente porque no sólo se ayude a los jóvenes a aprender a hacer, sino a aprender a aprender, aprender a convivir y especialmente aprender a ser.

 

Por Alberto D. Fraile Oliver

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