Avatar y la Trama de la Vida

 

Es cierto que esta película, la más cara de la historia del cine hasta la fecha, no tiene la profundidad filosófica de Matrix, pero cuando la ví en el cine salí con la sensación de haber visto una película comparable. Si la trilogía de los hermanos Wachowsky conseguía llevar al público masivo la filosofía no dualista, Avatar introduce dentro de un producto made in Hollywood muy bueno, la visión ecológica y sistémica del paradigma holístico y su conflicto con la visión actualmente imperante del paradigma mecanicista economicista.

Avatar, tal y como hiciera Matrix una década atrás, consigue el difícil equilibrio entre un producto puramente comercial y una historia con carga filosófica. Nos presenta una visión del mundo diferente a la de nuestra cultura y además nos ofrece la posibilidad de sumergirnos en ella. Avatar es un canto a la trama de la vida, a Gaia, en un atractivo envoltorio que permite que el espectador pueda palparlo, casi saborearlo. Es posible que pueda ser tachada de simplista y maniquea, puede ser, puede ser. Pero tiene el mérito de presentar en el lenguaje que atrae a las grandes masas conceptos profundos y de gran importancia en un mundo en el que la crisis ecológica ya es un problema vital.

Si para entender más y mejor Matrix había que recurrir a Ken Wilber, para profundizar en Avatar puede ser útil acudir a Fritjof Capra o Jerry Mander.

La extraordinaria carga ontológica que tenía Matrix queda compensada en este caso con una belleza visual que transporta al espectador a experiencias próximas a las que solo se alcanzan ingiriendo Ayahusca (esa planta que no debería haber salido de la selva). Los colores y la recreación del bosque primigenio son poesía pura. Y los paisajes nos transportan a un lugar más allá de los sueños que sin embargo nos resulta extrañamente familiar. Probablemente porque nos recuerda el mito de la expulsión del Edén.

Allí es precisamente adonde nos lleva Avatar, al corazón de la selva. Una selva hostil en apariencia pero que guarda en su seno una experiencia vital plena cuando se despierta la sensibilidad instintiva y se venera la vida a través de un corazón puro. Una selva que esconde el camino de regreso a casa.

Con pocos preámbulos, James Cameron, nos sumerge en una cosmogonía en la que los seres pensantes (en este caso los Na’vi) conservan su lugar en el ecosistema y su espiritualidad se palpa en la cotidianeidad, envuelve su cultura y da sentido a su existencia. Viven en torno a lo que en sánscrito se conoce como RITA, los ciclos de la naturaleza.

Algunas escenas nos recuerdan claramente a “El último Mohicano”, la historia en la que un pueblo aborigen resiste frente al ataque de los bárbaros que quieren expoliar sus riquezas naturales y expulsarles de las tierras en las que yacen sus antepasados. En el fondo se puede decir que es una película de indios y vaqueros. Y es cierto, aunque en la línea de “Bailando con Lobos”.

En una puesta en escena interplanetaria recrea el drama que aún hoy en día se vive en las selvas amazónicas. El pulso del progreso ciego que aplasta inexorablemente la visión animista de los pueblos tradicionales que aún mantienen viva la conexión, el vínculo, con el espíritu del resto de los seres vivos. Mientras los conquistadores arrasan la vida por los recursos naturales, ya sea oro, petróleo o coltán. Una historia también de plena actualidad en el África de hoy.

Otra referencia indiscutible de esta película es la “Carta del Jefe Seattle” el primer alegato ecologista atribuido a un líder indio norteamericano. Un documento imprescindible para entender la cosmogonía que presenta Avatar.

Muy interesantes son los filamentos que los Na’vi tienen al final de su cabellera. Les permiten conectarse con otros seres vivos y establecer una comunicación íntima, un vínculo especial.

Así como Matrix nos presentaba dos realidades paralelas, dos mundos que se interconectaban a través de la tecnología, en Avatar, el personaje y su alter ego conviven en la misma realidad. La conciencia pasa de un cuerpo a otro en el mismo plano.

El mensaje de ecología reverencial está muy bien transmitido. Y la poesía visual que lo envuelve es extraordinaria. Los colores, la fauna y flora del planeta Pandora son una refrescante experiencia sensorial, casi alucinógena. Fondo y forma construyen un producto cinematográfico de alto nivel.

La presentación del paradigma mecanicista economicista con dos de sus serviles prolongaciones, la militar y la científica, y su enfrentamiento con una visión integral e integrada del ser humano.

Por Alberto D. Fraile Oliver

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