El Ágora Fractal II: La Difícil situación de cada Persona

He querido solamente tratar de vivir según los impulsos que vienen de mi verdadero Ser. ¿Por qué ha sido tan difícil? No estábamos separados de la mayoría de los hombres por una frontera, sino simplemente por otra forma de visión. Nuestra tarea era representar una isla en el mundo, quizás un prototipo, o al menos una perspectiva de un modo de vida distinto”.

(Hermann Hesse: “Demian”, 1919)

El verdadero protagonista de todos estos cambios es el individuo, es decir, cada hombre y cada mujer que nos ha tocado vivir estos tiempos tan acelerados. Y desde el punto de vista de cualquier persona normal, el panorama difícilmente podría ser más descorazonador:

  • Parece que no sirve para nada todo lo que estudiamos durante tantos años de esfuerzo en el colegio o en la universidad. La gran mayoría de datos que aprendimos se han ido quedando olvidados con los años. Del resto, pocos nos han sido de utilidad práctica en la vida real. Y buena parte de lo aprendido se nos revela ahora como una extraña mezcla de errores garrafales, con información obsoleta, y con demasiadas falsedades, engaños y ocultaciones malintencionadas. Cabe preguntarse, ¿para qué estudiamos tantas cosas durante tantos años?
  • Aquella educación que recibimos de niños, basada en la confianza en las autoridades y en sus sabias decisiones, se ha convertido en la certeza de que son precisamente los poderes públicos quienes ponen en peligro al mundo actual. La opinión generalizada sobre los políticos acentúa cada vez más su corrupción, su estupidez, su egoísmo, el estar al servicio de amos inconfesables en lugar del pueblo, etc… Cada vez menos personas pueden creerse las mentiras, los falsos debates y las falsas “oposiciones” de este creciente y costoso grupo social. Así pues, ¿en qué autoridad se puede confiar?.
  • Los viejos sistemas morales basados en las religiones están en franca decadencia. La idea de Dios parece en sí misma una inutilidad superflua para el mundo actual. El rechazo a las religiones ha llevado a muchos a la creencia infundada de que Dios no existe, a alimentar una fe ciega en que todo les ocurre al azar, por que sí. Y los casos tan publicitados de corrupciones y pederastias no ayudan precisamente a revivir preceptos morales basados en las religiones. El problema es que, hasta ahora, tampoco ha surgido otra ética universal capaz de reemplazar eficazmente aquellos credos que han funcionado (mejor o peor) durante tantos siglos. Las leyes y los tribunales demuestran diariamente que no tienen nada que ver con la Justicia. ¿Qué queda entonces, qué reglas para vivir nosotros y qué valores para transmitir a nuestros hijos?. ¿Un simple “aquí todo vale”, así sin más límites, donde el peor canalla parece ser más listo que el resto y que le vayan mejor las cosas?. Por otra parte, las mentiras y las miserias tan aireadas en las televisiones y en otros medios contaminan la mente colectiva, sin seguir tampoco ninguna ética elemental. Frecuentemente ni siquiera se respeta el menor buen gusto.
  • De pronto parece que todo está al revés: tenemos una medicina que ocasiona enfermedad y muerte en lugar de preservar la salud; una ciencia dogmática que impone ignorancia y confusión en lugar de investigar y aportar conocimientos objetivos; unas leyes estudiadas para preservar y fomentar la desigualdad en lugar de estar al servicio de la Justicia; unas fuerzas policiales que amenazan y reprimen a la población en lugar de defenderla; unas instituciones públicas que están al servicio de cuatro desaprensivos en lugar de ejercer su genuina función pública al servicio de todos; unos ecologismos de salón cuyas decisiones ignorantes dañan el medio ambiente en lugar de preservarlo; etc… Como decía, de pronto todo parece al revés.
  • Y además de la mentira por todas partes se fomenta también el miedo. Miedo colectivo a perder el empleo, o a crisis artificiales, o a calentones globales. Miedo a estirar todos la pata por epidemias inventadas, o por cataclismos inimaginables (como terremotos, o el paso precisamente por aquí de algún asteroide malvado). Temor al ataque de marcianos. Temor a un “Nuevo Orden Mundial”. Temor a una lista cada vez más impresionante de cosas que (nos dicen), dañan la salud. Temor al Apocalipsis según San 2012, etc… El caso es que siempre hay un montón de amenazas simultáneas para tenernos asustados y en tensión permanente.
  • Además los cambios no están siendo una posibilidad remota para muchas personas, sino algo muy real y vivido. Muchos de nosotros estamos experimentando transformaciones interiores (de tipo energético, o en nuestras formas de sentir y pensar). Y también experimentamos cambios más evidentes en las circunstancias externas de nuestras vidas. Así todo el mundo conoce a alguien que ha perdido su empleo, o que se ha mudado a vivir a otra ciudad o país, o que está iniciando una nueva actividad, etc…
  • En épocas históricas no se solían producir grandes cambios en el modo de vivir de una persona a lo largo de toda su vida. Por supuesto, podían venir hambrunas o guerras indeseadas. Pero el entorno social tendía a mantenerse más o menos constante durante la infancia, la juventud, la madurez y la vejez de cada persona. En cambio en el siglo XX podemos diferenciar claramente sus décadas: los años 50, los 60, los 70… cada década tiene sus modas y sus costumbres características que las diferencian. Es decir, normalmente un mismo individuo vive un entorno social diferente durante su juventud al que encuentra después en su vejez. Y si seguimos avanzando hasta este nuevo milenio, ahora nos estamos encontrando con que muchas cosas cambian en el plazo de tan sólo uno o dos años. Es decir, la realidad del cambio colectivo se acelera cada vez más, y a muchos ya nos cuesta mantener el ritmo. ¿Y qué será lo siguiente?, ¿cambiarlo todo cada mes?. ¿Y luego cada semana, o cada día?.

Muchas personas juiciosas intentan no perder la cabeza en medio del entorno tan sumamente complejo y avasallador que estamos describiendo. Es muy común intentar utilizar la inteligencia y la capacidad de raciocinio para orientarse y poner orden en tal caos. Sin embargo, el mero uso de la razón topa con varias dificultades de índole práctica:

1. Ni la naturaleza ni la sociedad humana son racionales. La herramienta de la razón no es adecuada para tratar lo Grande ni lo transpersonal.

2. Casi todas las vías para el conocimiento (como la meditación, la inmediatez Zen, o los estados alterados de consciencia) son irracionales en el sentido exacto del término. Esto no quiere decir que sean locuras o falsedades. Son herramientas muy poderosas para conectarnos con el cosmos, precisamente porque no están limitadas por el filtro de la razón. Es decir, si sólo nos guiamos por el raciocinio estaremos descartando casi todas las vías auténticas para el conocimiento.

3. La razón necesita datos exactos y fiables que analizar, o medir o comparar. Sin embargo hay demasiados factores clave que están ocultos fuera de la vista, o que simplemente no se pueden cuantificar. Otros datos más superfluos se repiten en exceso, hasta el punto que demasiada información resulta inmanejable (no podemos leer, por ejemplo, todos los periódicos del mundo cada día, o todos los nuevos libros que se publican).

4. Además de una cantidad adecuada de información, la razón precisa que los datos básicos tengan también una cierta calidad y consistencia. La abundancia de falsedades y de contra-informaciones desvirtúa la validez de cualquier análisis, y plantea la importante cuestión de fondo de en qué informaciones podemos confiar y en cuales no.

¿Qué otra cosa se puede hacer entonces? (aparte de deprimirnos todos, claro)

Bueno, tenemos todos esos trabajos tan impresionantes de los grandes filósofos y sabios del pasado. El problema es que sus obras suelen ser lecturas difíciles, muy extensas, y que nos parecen escritas sin amenidad (no utilizan un lenguaje actual, y con frecuencia estaban dirigidas a un público reducido y erudito de otros tiempos). Sin querer entrar a discutir su indudable valía intrínseca, sí cabe juzgar su relativa utilidad para la mayoría humana del siglo XXI. Y en este sentido hay que admitir que las obras de, por ejemplo, Kant o Nietzsche están lejos del alcance de cualquiera, por su desalentadora complejidad, y por la enorme cantidad de tiempo que se requiere para interpretarlas.

Peor todavía, con frecuencia no encontramos ninguna manera de aplicar la “sabiduría de libros” a los problemas reales que encontramos cada día en casa o en el trabajo.

Poca gente consideraría seriamente la posibilidad de estudiar Filosofía durante largos años como solución práctica para los grandes problemas del mundo actual. O como una ayuda para su propio sobrevivir cotidiano. La Filosofía siempre ofrece ideas interesantes, pero buscar su aplicación práctica se parece a buscar una aguja en un pajar: hay que remover demasiado material durante demasiado tiempo para llegar a unos resultados inciertos.

El panorama se complica todavía más porque recientemente se está despertando una nueva consciencia espiritual en un número cada vez mayor de personas. Es muy diferente de las experiencias religiosas del pasado, cuando un sacerdote nos adoctrinaba un día a la semana, o cuando la religión estaba presente en cada acontecimiento social, como una boda o un funeral. Esta energía espiritual no tiene nada que ver con los rituales formales de ninguna religión, ni en principio con nada externo a nosotros. Lo que está ocurriendo es que cada persona comienza a tomar consciencia interior de su verdadero Ser. Y este proceso viene acompañado de nuevas sensaciones e intuiciones, de otras certezas y claridades sutiles que antes no teníamos.

Normalmente el Espíritu no nos habla sobre en qué valores debemos invertir en bolsa para salir de la maldita crisis, y de paso tener un dinerillo ahorrado que nos haga inmensamente felices. ¡Qué lástima!, ¿no?. Las nuevas intuiciones son de tipo transpersonal, nunca buscan favorecer a un solo individuo contra el bienestar de la mayoría. En vez de dinero, nos traen otro tipo de verdades universales a la cabeza. Ideas sublimes y grandiosas, frecuentemente expresadas con una brevedad sorprendente. Por ejemplo, la belleza de: “Todos somos Uno”, “Todo es perfecto”, o “Todo es Amor”.

Todas estas certezas intuidas por dentro son completamente verdaderas. No nos estamos volviendo idiotas de repente ni nada parecido. Podemos confiar tranquilamente en todos los mensajes que provengan con pureza desde nuestro corazón. Sin embargo, es todo un desafío conciliar nuestras intuiciones sutiles más elevadas con la densa confusión del mundo mental en que vivimos.

Sencillamente, podemos ir pensando de camino a la oficina que “todo es Amor”, y sentirnos felices con este pensamiento tan glorioso y hermoso… Justo hasta que entramos en la oficina y nos reencontramos con los compañeros, con los jefes, con los dichosos clientes al teléfono y demás. De pronto esa magia interior parece hacer “¡ploff!” como una pompa de jabón y desaparecer. ¿Dónde queda el Amor?. Las empresas son el egoísmo hecho institución. Nadie viene a darnos un abrazo desinteresado, ni vemos al jefe especialmente amoroso con nosotros (y si lo hace, enseguida pensaremos que es un acosador sexual y le pondremos una denuncia).

O podemos sentirnos muy gratificados con un pensamiento iluminado como “Todo es perfecto”… Hasta que encendemos un televisor, o consultamos las distintas secciones de violencia en que se divide un periódico. De pronto el pensamiento elevado anterior se re-formula en algo más material como “todo es una mierda”. Lo que por ahí llaman “volver a la cruda realidad”, vaya.

Parece que no hay manera de aplicar las sabias intuiciones del Espíritu al batiburrillo caótico que nos agobia cada día. Como señala el personaje de Hermann Hesse que he citado al principio de este documento, “He querido solamente tratar de vivir según los impulsos que vienen de mi verdadero Ser. ¿Por qué ha sido tan difícil?”.

Como me decía tan acertadamente una amiga hace unos días: “es muy difícil seguir tus instintos en un mundo lleno de espejos que nos despistan como en los laberintos que habían en las ferias de antaño”.

Pero entonces, ¿tampoco nos sirven para nada estas nuevas intuiciones del Espíritu?. ¿Simplemente vienen para complicarnos más todavía la vida y aumentar la confusión, sin aportar claridad ni mostrarnos un camino viable a seguir?.

Dicho de otra manera, y con el debido respeto a las autoridades, ¿qué más nos da si existe Dios o no existe, si está lejos y no podemos contar con Él en los momentos difíciles?.

Si la nueva espiritualidad se limita a añadir más rituales, más religiones y más mandamientos obligatorios por exigencia divina, para eso ya tenemos un montón y no necesitamos poner más, muchas gracias. La dimensión espiritual humana sólo encuentra su pleno sentido si sirve de ayuda a las personas para vivir correctamente estos momentos. Y para que de verdad sea útil, tiene que aportar soluciones reales a los sufrimientos angustiosos del hombre moderno. Es decir, quitar tensión en lugar de añadir más. Si hay un incendio necesitamos que venga un bombero, no otro incendiario. Si el barco puede naufragar entre escollos, no le añadamos más lastre por favor, sólo encendamos un faro.

Arturo Rafael Seguí López.

Próxima entrega: “Entendiendo el Puzzle”

AlfonS

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